La hacienda La Gavia y su archivo

Existe una considerable bibliografía en torno a las haciendas mexicanas, la cual durante años puso su acento en aquellas que fueron grandes, importantes o ricas. Una de ellas, La Gavia, en apariencia comprendida en estas categorías, no escapó al interés de los historiadores.

Su casco se encuentra hasta el día de hoy a 30 kilómetros de Toluca, por la antigua carretera a Morelia. En relación con esta extensa propiedad, durante los últimos 50 años era posible acceder a un grupo de trabajos que, sin embargo, historiográficamente hablando, eran o son, un tanto anticuados o breves. 

Con estos antecedentes hace tres años inicié una investigación bibliográfica, hemerográfica y en archivos, con miras a escribir un texto sobre La Gavia. A la fecha, apareció un primer trabajo y espero estar a punto de terminar un segundo libro.

En 1997, a partir de la lectura de la bibliografía, di crédito a la repetida historia de unos paternales dueños y una tierra habitada por gentes pacíficas; pensé asimismo que por siglos la producción de La Gavia se había concentrado en los clásicos cultivos de zonas frías y en la ganadería.

No percibí que al revisar la bibliografía leía interpretaciones y con esas ópticas ?y quiérase o no, muchas veces, con esos estereotipos? me acerqué a entender la hacienda. Sin embargo, cuando más tarde localicé el Archivo Histórico de La Gavia e inicié su catalogación y revisión, mi enfoque cambió poco a poco.

Ahí, en contraste, no había interpretaciones; existía un alud de información económica en bruto contenida en los libros de contabilidad que debía racionalizar y darle sentido. Lo anterior se dice fácil, pero implicó entender la producción, la vida, el entramado social y el funcionamiento de la hacienda a partir de información árida, seca y, diríase, muy dura, así como en apariencia inconexa.

Uno

Durante siglos La Gavia fue una de las pocas grandes propiedades que se hallaron en los valles del altiplano central, lo cual en 1909 sorprendió a Andrés Molina Enríquez, a la vez que le indignó identificar cómo, sólo por su tamaño, esta hacienda había detenido el desarrollo de una parte de la zona sur del estado de México.

 No obstante, a pesar de sus dimensiones ?hoy lo sabemos?, La Gavia no siempre fue valiosa.

La historia de La Gavia ?cuyo verdadero nombre es Nuestra Señora de la Candelaria? dio inicio en 1539, cuando el conquistador Alonso de Ávila obtuvo una merced para ganado mayor ?en los términos del pueblo de Tlalchichipa?. 

después, en 1549, Juan de Sámano Castrejón ?trocó? ?cosa que estaba prohibida? un par de encomiendas que poseía en el actual estado de Michoacán y en Nueva Galicia, por otra en Zinacantepec que se consideraba más valiosa, pues se encontraba cercana a los campos mineros de Sultepec y Temascaltepec. La familia Sámano conservó la creciente hacienda hasta 1708.

Durante los siglos XVI y XVII la tierra en sí no era valiosa para todos los españoles; para el común de la gente era apreciada la mano de obra contenida en las encomiendas o las potenciales riquezas ?por ejemplo, las minerales? que pudieran hallarse ahí, y la búsqueda de éstas bien pudo ser el móvil que llevó a los primeros dueños de La Gavia a extender su propiedad. Debido a esto, hacia 1630, los sucesivos poseedores de la hacienda, al quedarse justamente sin mano de obra durante la cota máxima de la depresión demográfica indígena, y al no encontrar minerales en sus terrenos, lo cual coincidió con la primera crisis de la plata novohispana, debieron hallar la vocación productiva de su propiedad. En esa época la tierra volvió a ser la única fuente de ingresos.

Por supuesto, desde el siglo XVI, en las caballerías, básicamente se adaptó y se cultivó el trigo, así como se criaron animales, mientras que en las mercedes de tierras se cultivaron granos aunque también se destinaron a otros fines.

 Pero estos productos sólo conocieron un mercado limitado a los campos mineros cercanos y a ciudades españolas como Toluca. Por otro lado, hoy sabemos que la capa de tierra útil de La Gavia apenas alcanza los 80 centímetros, lo cual en un clima frío, en que las heladas y el granizo se presentan en promedio durante una tercera parte del año, hacen que desde "tiempo inmemorial" sólo sea posible recoger una cosecha anual; si bien es factible guardarlas en grandes trojes hasta por tres años.

 En La Gavia los verdaderos negocios sólo llegaron hasta el siglo XVIII.

En 1708 la viuda de Carlos de Sámano Salamanca, llamada Benita Cesatti del Castello, no se sintió capaz de manejar la hacienda y decidió, como se decía entonces, ?ponerla en pregón?.

Aquel año la compró un hombre rico e influyente de la ciudad de México, llamado Pedro Ximénez de Los Cobos, quien fue el responsable del alias ?La Gavia?, con el que la conocemos hasta hoy.

 De los Cobos poseyó la hacienda escasos nueve años y debió enfrentar durante dicho lapso un buen número de pleitos con sus vecinos los pueblos de Texcaltitlán y Temascaltepec, debido a la indefinición de los linderos de la ya enorme propiedad, pues para entonces sus tierras se extendían hasta los límites de los actuales pueblos de Villa Victoria, Villa de Allende, Valle de Bravo; abarcando además, los ?Montes de La Gavia?, pasaba cerca de Temascaltepec, Texcaltitlán y, yendo al norte, bordeaba los pueblos de Zinacantepec y Almoloya de Juárez.

Los litigios más delicados se llevaron a cabo en la zona de Texcaltitlán, donde los indios colindantes a la hacienda rentaron indebidamente un sitio llamado Atescapan ?que sobra aclararlo, pertenecía a La Gavia? al Noviciado de Tepotzotlán y a San Pedro y San Pablo de la Compañía de Jesús. El pleito se entabló, pero al haber tres interesados involucrados se complicó y alargó por años. Los Padres para entonces ya poseían varias caballerías y estancias en aquella zona, por lo cual tenían influencia y apego por al lugar.

Es muy probable que de los Cobos no deseara pelear a la vez contra el pueblo de Texcaltitlán y contra los jesuitas. Así en 1717 prefirió venderle a la Compañía de Jesús, y este traspaso fue muy importante, ya que el noviciado jesuita agrandó la propiedad añadiendo La Gavia a las tierras que ya poseían hacia el sur.

Así nació esta descomunal propiedad. A partir de entonces, los terrenos de la hacienda formaron una especie de enorme riñón irregular que iba por el borde o incluyendo Suchitepec, Villa Victoria, Valle de Bravo, Temascaltepec, Texcaltitlán, pero ahora continuaba por Sultepec, Tenancingo, Tenango y, dando la vuelta bordeaba, ya lo dijimos, Zinacantepec y Almoloya de Juárez.

 Un dato que conmueve es el siguiente: al seguir esta silueta en un mapa hay que ser conscientes de que La Gavia era dueña de la mitad poniente del Nevado de Toluca. Reconstruir el proceso de formación de la hacienda me ha sido posible gracias a la revisión de la bibliografía y a la localización, ordenamiento, catalogación y lectura del Archivo Histórico de La Gavia.

A partir de entonces las tierras relativamente planas del norte, que tradicionalmente habían formado la hacienda, se las llamó ?La Gavia Grande?, a diferencia de las tierras boscosas y en la sierra del sur que, dijimos incluyeron los jesuitas, mismas que se conocieron como ?La Gavia Chica?. La referencia a su tamaño no era exacta. Cada una contaban con aproximadamente 65 mil hectáreas, y dicha nomenclatura se conservó hasta la segunda década del siglo XX.

 Los jesuitas debieron hacer especialmente productivas las haciendas que dependían de sus noviciados, pues eran el sostén del sistema de becas de sus alumnos, pero aquello se quebró en 1767 cuando los Padres fueron expulsados de los dominios españoles peninsulares y ultramarinos.

 Los jesuitas abandonaron entonces sus iglesias, misiones, colegios, noviciados y, por supuesto, las 124 haciendas que poseían, una de las cuales, era La Gavia. Para ser rematadas, sus propiedades pasaron a la llamada Junta de Temporalidades.

No fue sino hasta 1774, cuando Pedro Romero de Terreros, primer Conde de Regla, inició los trámites y avalúos para adquirir el paquete de haciendas que habían formado el soporte financiero de los noviciados de Tepotzotlán y San Pedro y San Pablo. Se trataba de Santa Lucía, San Javier, Xalpa, Portales, Molino y La Gavia.

El avalúo estuvo listo en 1777 y sólo Santa Lucía y San Javier valían 1 millón 150 mil pesos, frente a La Gavia que se valuó únicamente en 184 440 pesos.Como sea, el Conde de Regla compró aquel lote de haciendas, más interesado en que fueran el tronco fundador de una noble familia, que en su producción.

 Fue una de las operaciones financieras más notables, audaces y, también, escandalosas del siglo XVIII, pues pagó por todas las haciendas mencionadas nada más 1 millón 20 mil pesos. La diferencia era contundente.

 Durante aquella época los litigios por tierras continuaron. El primer Conde de Regla murió poco después sin haber conocido La Gavia. El tercer miembro de esta familia que poseyó la hacienda, Pedro José Romero de Terreros y Rodríguez de Pedroso, tercer Conde de Regla, vivió tiempos interesantes y tumultuosos, esto es la Independencia. Siendo monárquico, debió firmar en 1821 el Acta de Independencia del Imperio Mexicano y contemplar en 1824 el nacimiento del Estado de México.

 Sin embargo, él no se sentía cómodo con el nuevo gobierno. Así, en 1837 aprovechó el impasse de un mal negocio que había realizado con una casa comercial veracruzana, llamada Casa Viuda de Echeverría e Hijos para entregar La Gavia a dicho establecimiento, adquirir una mitad que había perdido de la hacienda de Xalpa, e irse a radicar a España.

Fue de este modo como la hacienda pasó a manos de una familia que con una serie de peripecias ?Francisca Migoni viuda de Echeverría, Guadalupe Echeverría Migoni, Jacinto Riba, Pedro Gorozpe, Antonio Riba y Echeverría, Antonio Riba Cervantes y Dolores García Pimentel? la mantuvo en su poder los siguientes 110 años, hasta 1950, en que Dolores García Pimentel, para entonces ya viuda de Riba, a su vez la vendió a José Ramón Albarrán Pliego.

Durante la guerra con Estados Unidos, La Gavia fue escenario del alzamiento de Ángel Carmona, uno de tantos ?polkos? que no llegó a la ciudad de México, pues fue derrotado por el gobernador mexiquense Francisco Modesto Olaguíbel. Sin embargo, lo que dio la nota de la época fue otro tipo de acontecimientos.

 En La Gavia, el segundo y tercer tercio del siglo XIX fueron violentos, pero en sordina. El gobierno estatal armó a los civiles ?las llamadas ?guardias nacionales?? para ayudarse en la policía, pero también para utilizar a esos cuerpos de ?voluntarios? en las más variadas tareas de choque.e modo trágico. 

En 1841 Francis Erskine Inglis, Marquesa Calderón de la Barca, visitó la hacienda y dejó en su libro un simpático recuerdo de su penoso viaje, así como otros tantos párrafos sobre su grata estancia. Los abusos que los hacendados perpetraron contra los pueblos vecinos se hicieron endémicos, ya que los patrones supieron explotar la liga entre el poder económico y político, al contar con la complicidad de autoridades estatales y federales de primer nivel. Hubo enojosos pleitos que duraron más de 80 años, los cuales ¿terminaron?

 Así, no es de sorprender que al estallar la revolución la zona de La Gavia fuera especialmente violenta. Todavía hacia 1917 estremece identificar revivido el ?estilo?, que años atrás el general Juvencio Robles practicó en Morelos para liquidar al ?bandidaje? y a las ?hordas zapatistas?, según puede leerse en más de una docena de cartas plagadas de crueldades y expresiones despectivas que hay en el Archivo Histórico de La Gavia. 

La quema de pueblos y la exposición de cadáveres como advertencia, actos terribles, fueron cotidianos y sólo comparables a los robos, violaciones y desaparición de mujeres a manos de los zapatistas. Al terminar la revolución, la escalada de salvajismo ya no pudo detenerse.

Los ?agraristas? fueron soliviantados por un estado corporativista y clientelar. Se enfrentaron a los ?fraccionistas?, a quienes los patrones de La Gavia azuzaban, y no eran otros sino los antiguos rentistas, que desde 1913 empezaron a comprar a la hacienda sus tierras en abonos, a la vez que antiguos ?voluntarios? de los que se sirvieron los patrones y las autoridades estatales para liquidar brutalmente cualquier descontento, incluido por supuesto el zapatismo.

 El punto más álgido de aquellas tristes disputas lo representa otra carta localizada en el Archivo Histórico de La Gavia, fechada en 1932, en que el entonces joven abogado Ignacio Bernal García Pimentel se dirigió a su tía Dolores García Pimentel, comunicándole que ya estaba lista ?la guardia blanca que tienes a tu disposición para acuchillar a los monteros?.

Como obvio colofón, sólo hasta el 18 de septiembre de 1936 el general Lázaro Cárdenas se presentó en la hacienda y puso punto final a aquellas disputas. Gente cercana a él venía trabajando para fraccionar un latifundio que medía la friolera de 136 mil hectáreas.

El día de su visita se hizo acompañar del gobernador interino, doctor Eucario López Contreras, y declaró que se dividiría respetando tanto a los que deseaban ser pequeños propietarios, como a los que pedían ser ejidatarios. Con aquel anuncio, al día siguiente, La Gavia llegó a la primera plana de un periódico entonces de circulación nacional.

Dos

En relación con la producción ya adelantamos que sólo hasta el siglo XVIII La Gavia empezó a encontrar su vocación productiva, y con ella llegaron los grandes negocios. Para reconstruir esta parte de la historia y empezar a elaborar una explicación, por supuesto provisional, igualmente me fue útil el Archivo Histórico de La Gavia. Encontrarlo fue un notable acontecimiento. Durante cuatro meses, en una serie de visitas semanales inolvidables, lo reconstruí, lo ordené y le di una primera catalogación, a la vez que hice una serie de calas.

Los siguientes tres años de manera intermitente lo he ido revisando y leyendo con toda la atención, interés y cariño de los que he sido capaz. Son pocos los archivos de este tipo que se conservan intactos en México. Éste, aunque abarca de 1799 a 1950, tiene por desgracia algunas lagunas.

Está compuesto por aproximadamente 120 libros de contabilidad, control de productos, copiadores de cartas, pagos de rayas, carpetas eléctricas con misceláneas de cartas y blocks de recibos de pagos de los arrendatarios de los ranchos. Al plantearme su lectura procedí del siguiente modo. En primer lugar dividí los libros en los dos grandes temas que ubiqué: los 60 que tratan de una u otra forma asuntos de producción, y los 60 restantes cuyo tema se centra en el zapatismo de la zona, las disputas agrarias de la segunda y tercer décadas del siglo XX, la violencia y el fraccionamiento de la hacienda.

 Por supuesto que hay asuntos y temas entreverados entre sí, y la división no puede ser tajante y rígida para la plena comprensión de un tema. Una vez hecho esto, en segundo lugar, puesto que mi interés era hacer una historia general de la hacienda, que relegara de momento asuntos particulares, llegué a la conclusión de que el mejor pretexto para ello era intentar una historia económica centrada en la producción. Así, en tercer lugar, con base en la existencia de información en el archivo, definí cinco períodos productivos a estudiar.

Entonces sí, en cuarto lugar, revisé y sin ser contador debí entender aquellos libros. Me di cuenta que en las columnas del ?haber? y ?debe? se contabilizaban ganancias y pérdidas por conceptos precisos, y que estos podían ser seguidos en libros de épocas tan distantes como 1799 y 1933.

 Así, identifiqué los productos y servicios que aparecían regularmente y, al detectarlos, los fui también contabilizando por semana, mes y año. Luego hice las sumas generales de cada uno en los cinco períodos y ello ya aclaraba lo que se produjo y cuál era su importancia en las diferentes épocas.

 Sin embargo, no es posible establecer comparaciones, pues los períodos estudiados no son homogéneos y estuvieron condicionados por infinidad de factores externos y coyunturales.

A manera de ejemplos pueden mencionarse el descuido de los administradores, quienes por distintas causas no siempre hicieron sus anotaciones con cuidado en los libros de contabilidad, o la evidencia de que entre las mermas del archivo muchos tomos se perdieron, las guerras y eventualidades climáticas que provocaban la desaparición física y, por lo tanto en los libros, de diferentes productos, además de considerar que el tipo y valor de la moneda no siempre fue el mismo.

Lo que sí establecí son ciertos contrastes trayendo a colación sueldos de empleados o costos de bienes y servicios para compararlos, por ejemplo, con el costo de la vida o evidenciar con una cosecha ¿cuántos empleados podían pagar durante cuánto tiempo? Ahora bien, la glosa de esta metodología de estudio, que es bastante árida, en sí no es lo importante.

 Lo interesante fue cómo al realizar la revisión y lectura del archivo se me fue dibujando una radiografía de la producción radicalmente distinta a la que tenía en mente al iniciar el trabajo, y fue asimismo delineando una versátil economía.

Entre 1799 y 1823, La Gavia dependía básicamente de sólo ocho productos que la mantenían, entre los que se encontraban el trigo; su ganado vacuno, caballar y mular; los productos de su establo ?básicamente queso, mantequilla y leche?; la madera en tablones, leña y ocote; el carbón; sus pastos y los arrendamientos que entonces empezaron a ser muy importantes. Sin embargo, nadie imaginaba que la base de sustentación real eran sus ?ganados de zerda? (cerda).

 Frente a ello, escasos 45 años después, entre 1868 y 1870, aunque básicamente se mantuvieron los mismos productos en su nivel de importancia, salta a la vista la desaparición de los ?ganados de zerda? y un par de cuestiones. La Gavia por entonces era una casa prestamista que cobraba intereses, y por otro lado, aunque a una escala mínima, la hacienda cobraba por el agua de los ríos que la cruzaban aprovechando la inexistencia de una legislación sobre las aguas.

 Más adelante, entre 1885 y 1891, continuaron las mismas tendencias y los mismos productos, pero se agregó uno importante, el zacatón y su raíz, y otros que no fueron fundamentales, los productos de sus magueyeras.

El primero trajo grandes beneficios económicos a La Gavia y consistía en cultivar y cortar la hoja del zacatón para usarlo como cubiertas sobre morillos, y la raíz para fabricar utensilios de limpieza que eran apreciados sobre todo en Alemania. Respecto a los segundos, La Gavia nunca fue una hacienda pulquera, sin embargo, los tlachiqueros llegaron a producir y consumir pequeñas cantidades de tlachicotón no sólo en el casco. Nada más en la casa se bebían 140 litros por semana… todo un poema de las clases altas a la Reyna Xochitl.

 Tres son los hechos más destacados durante los años que corrieron entre 1909 y 1922. Uno, como resultado de la Revolución, en 1913 se inició el fraccionamiento en la zona de San Agustín Altamirano, lo que trajo a la hacienda ganancias nada despreciables. Dos, en una clara violación a las legislaciones para entonces ya existentes, La Gavia volvió a vender agua sobre todo a la Compañía Minera del Rincón. Y tres, es notoria una baja en casi toda la producción entre 1916 y 1917 o 1918, dependiendo del artículo o servicio, pero de ninguna manera en los libros de contabilidad se percibe un desastre provocado por la revolución. Para terminar, entre 1928 y 1933, las tendencias que se mantenían desde 1799 de los ocho productos básicos, se quebraron.

 Por un lado hay un gran crecimiento de los recursos, bienes y servicios de la hacienda. El fraccionamiento de San Agustín dejó de ser importante y el zacatón también; en cambio el maíz y los productos del aserradero desplazaron por primera vez al trigo. Existió un rubro regular de cobros por concepto de derechos de paso por caminos que cruzaban la hacienda, los cuales para 1933 son sorprendentes y debieron ser incómodos.

Tres

Al contrario de lo que había aceptado hace tres años, la historia rosa de La Gavia nunca existió. La crueldad fue el pan de todos los días en aquellas tierras, por lo menos durante buena parte del siglo XIX y hasta 1936.

De igual manera, lejos de la simplificación en torno a sus productos, la economía de la hacienda fue andando durante 134 años (1799- 1933) hacia una creciente versatilidad. En un sentido amplio, La Gavia, al implementar una nueva forma de explotación de la tierra, desde mediados y fines del siglo XVI destruyó las formas de organización prehispánicas, pero a la vez "occidentalizó y civilizó" la zona centro y sur del actual estado de México.

Al desmontar los bosques, los campos de cultivo se ampliaron al igual que los pastizales para el ganado. La búsqueda de plata trajo nuevos valores, activó la producción y el comercio, con lo cual La Gavia se benefició por reflejo. Fue una hacienda productora de grandes cantidades de trigo, cebada, leche y sus famosos quesos y mantequilla.

 Hoy es evidente cómo dentro de los terrenos que pertenecieron a La Gavia existen una menor densidad de pueblos y los asentamientos más grandes ?Villa Victoria, Valle de Bravo, Temascaltepec, Sultepec, Texcaltitlán, Zinacantepec y Almoloya de Juárez? delinean la silueta de lo que fue la hacienda. Dolores García Pimentel, ya mayor, dijo en una entrevista con una visión romántica que su familia ?defendió bosques enteros impidiendo se talasen al dejarlos intactos desde la época de la conquista?; una visión romántica, pero también en parte falsa, pues hoy sabemos que otras áreas literalmente las devastaron.

 

                

              

                                            García Icazbalceta

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