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Historia

Nuestra Santisima Madre María de Guadalupe

En el momento más dramático para san Juan Diego, el lunes 11 de diciembre de 1531, al encontrar gravemente enfermo a su tío paterno Juan Bernardino, buscó un doctor, pero desgraciadamente a nadie encontró y nada se podía hacer por el anciano, así que en la madrugada del martes 12 de diciembre, ante la petición del moribundo, Juan Diego fue de prisa a buscar un sacerdote a Tlatelolco para que le diera los últimos auxilios a su agonizante tío.


Fue al llegar al Tepeyac donde el humilde San Juan Diego se acordó que debía haber estado ahí un día antes para llevar la señal de la Madre del Cielo, la Morenita, al obispo, pero, tenía prisa, tenía que ir primero por el sacerdote, así que le dio la vuelta al cerro y evitó el encuentro con la Virgen.

Fue en ese momento cuando el desconcertado indígena vio cómo la Madre de Dios lo atajó para decirle las palabras más hermosas y consoladoras, confirmándole que no sólo era la Madre de Dios, sino Madre nuestra, y le consuela en su angustia diciéndole que su tío ya está bueno, ya sanó.

Efectivamente, en ese preciso momento la Virgen María se apareció al tío anciano Juan Bernardino y no sólo le dio la salud, sino que Ella misma le reveló con toda claridad su nombre; el anciano captó perfectamente su nombre, el cual le informa posteriormente a su sobrino San Juan Diego: ?y que bien así la llamaría, bien así se nombraría: LA PERFECTA VIRGEN SANTA MARÍA DE GUADALUPE, su Amada Imagen.? (Nican Mopohua, v. 208)

Es muy importante el hecho de que la Virgen no le dijo, no le entregó, su nombre completo a San Juan Diego, sino a su anciano tío, Juan Bernardino, pues el anciano representa la raíz del pueblo, la autoridad, la historia, la identidad, la sabiduría; por ello, Santa María de Guadalupe, al entregar su nombre a Juan Bernardino, no sólo le está devolviendo la salud al anciano, sino que Ella misma se da a él, entregando su nombre. Por lo tanto, está entregándose en él a la raíz, a la autoridad, a la historia, a la identidad, a la sabiduría; con todo esto, Ella está sanando a todo el pueblo, es más, está fundamentando un nuevo pueblo desde la raíz, está iniciando un pueblo nuevo donde lo importante es la cultura de la vida, la civilización del amor.

La Madre de Dios eligió llamarse: ?Santa María de Guadalupe?; si bien el nombre de ?Guadalupe? era bastante conocido por los españoles ya que en Extremadura, España, existe un Monasterio de Guadalupe, pero la del Tepeyac no tiene más relación con este Monasterio más que el puro nombre.

Así mismo, el nombre fue exactamente este: ?Guadalupe? y no un nombre indígena como equivocadamente manifestó Luis Becerra Tanco a mediados del siglo XVII; pues, según él, Juan Bernardino, no entendería este nombre ya que en náhuatl no se tenía el sonido ?g? ni el sonido ?d? y que por ello, supuestamente, captaría otro nombre como el de ?Tequatlanopeuh? o ?Tequantlaxopeuh? (y así, otros tantos autores durante estos siglos han inventado equivocadamente nombres que pudieran tener un sonido indígena y un significado más o menos semejante); sin embargo, hay que tomar en cuenta que tanto Juan Diego como Juan Bernardino fueron bautizados con estos nombres cristianos en 1524, para el momento de la aparición 1531, por lo tanto, ya tenían varios años usando sus propios nombres cristiano

Por otro lado, antes de lo afirmado por Becerra Tanco no hay un solo documento que a la Virgen aparecida en el Tepeyac le llamaran con esos u otros nombres indígenas semejantes; en cambio, sí hay varios documentos históricos en donde algunos españoles, entre ellos franciscanos, como se lee en la Información de 1556, e incluso el monje jerónimo fray Diego de Santa María, que venía de aquel monasterio de Extremadura, quería que se le quitara el nombre de ?Guadalupe? a la del Tepeyac.

Es pues claro que los primeros misioneros y religiosos no querían que a la Virgen del Tepeyac se le llamara de ?Guadalupe? y pretendían que se le cambiara el nombre, incluso trataban de persuadir que mejor se usara como nombre para Ella el del lugar donde había surgido la devoción, por lo que la sugerencia era cambiárselo por el de ?Tepeaca? o ?Tepeaquilla?, de esta manera se confirma que si su nombre hubiera sido alguno de sonido o de origen indígena, no existirían estas demandas misioneras.

Además, el hecho de que estos primeros frailes hubieran pretendido que a la Morenita se le pusiera como nombre el de ?Tepeaca? o ?Tepeaquilla? nos confirma que fue precisamente en el Tepeyac donde surgió esta hermosa e importante devoción.

Su rostro moreno, mestizo, nos está hablando de una integración de las razas, de una manera directa de la española y de la indígena. Por ello, el rostro mestizo de la Virgen de Guadalupe, la Morenita, es el mestizaje de un amor profundo, Ella, la Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, ha tomado hasta en la piel esta identificación con los más necesitados.

Por otro lado, es signo de mestizaje de todos los pueblos en Ella, ya que su piel morena es el maternal amor que nos une a todos en su Hijo Jesús, pues todos somos la familia de Dios, como Ella mismo se lo refirió de manera directa a Juan Diego: ?porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva, tuya y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno, y de las demás variadas estirpes de hombres, mis amadores, los que a mí clamen, los que me busquen, los que confíen en mí, porque ahí escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores?. (Nican Mopohua, vv. 29-32).

Además, su propio nombre es signo de esta integración de todos los pueblos en Ella, ya que Ella, María, es una judía de Nazaret con nombre árabe: ?Guadalupe?; es Ella quien eligió este nombre de integración y de unidad; por lo tanto, en Ella se identifican en la armonía y en la paz aquellos pueblos que han estado constantemente en guerra y que tienen al mismo Dios; en Ella se encuentran en paz, en unidad. Es Ella, Santa María de Guadalupe, una judía con nombre árabe, quien recuerda precisamente a los dos pueblos que fueron expulsados de territorio ibérico en la lucha de la Reconquista, precisamente los dos grandes pueblos a los que se les exigió bautizarse católicos para permanecer en el territorio Ibérico, son ahora la identidad de la Madre de Dios.

Todo esto nos confirma con inmensa alegría que todos, absolutamente todos, estamos llamados a la paz, a la unidad, a la armonía, al perdón, al amor pleno de Jesucristo Nuestro Señor en Santa María de Guadalupe. Todos, absolutamente todos los que integramos los cinco continentes podemos hacer nuestras las palabras de Santa María de Guadalupe: ?porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva, tuya y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno, y de las demás variadas estirpes de hombres, mis amadores, los que a mí clamen, los que me busquen, los que confíen en mí?.

Fiestas guadalupanas,
oportunidad de reconciliación


Queridos lectores del semanario Desde la fe, en la alegría y esperanza que nos trae este tiempo, los saludo desde la Casita Sagrada de nuestra Niña y Madrecita santa María de Guadalupe.
La celebración del 476 aniversario de las históricas apariciones de nuestra Muchachita Guadalupe al indio santo Juan Diego Cuauhtlatoatzin en este Tepeyac, me permite dirigir a cada uno de ustedes, amables seguidores de este semanario de información, unas sencillas palabras sobre el significado de este maravilloso acontecimiento y del tiempo que estamos viviendo: el Adviento.

Es el Adviento un tiempo mariano por excelencia. En él, la Iglesia nos permite contemplar en todo su esplendor la maternidad de María y, afianzados con Ella, aguardar al ardientemente esperado de los tiempos: Jesucristo, nuestra esperanza y salvación.
Casi al inicio de este tiempo, la Iglesia como Madre y Maestra nos lleva a contemplar en la liturgia a la Dulce Señora del Cielo, como obra de Dios, que va preparando, por medio de Ella, los caminos de la venida de su Hijo al mundo.

Mil quinientos años después, enviada por Dios, viene a nuestras tierras ésta misma Dulce Señora del cielo, quien con inusitada novedad se convierte para todos los hombres que están en esta tierra en uno  (N. M. 30) en la Misionera, Evangelizadora y Apóstol de Dios, convirtiéndose Ella para esta nueva región geográfica apenas descubierta, en la principal protagonista e impulsora de la evangelización iniciada por los evangelizadores.

Vale la pena subrayar que no es Jesús quien viene a completar la obra de sus enviados, sino su propia Madre, una mujer, lo que hace de esto, algo aún más inusitado. Hoy en día es normal que una mujer tome iniciativas en la vida apostólica de la Iglesia, cosa que no ocurría en la medianía del siglo XVI, pues en ese entonces no hubo una sola evangelizadora, pues todos fueron varones.

Y no porque faltaran grandes mujeres, pues hubo colosales santas, como santa Teresa de Ávila, a quien incluso veneramos ahora como Doctora de la Iglesia, pero no se les permitía entonces ninguna participación directa en el apostolado: sólo se esperaba de ellas la oración en el encierro. Un siglo después del Acontecimiento Guadalupano, en nuestro continente, tuvimos una gran apóstol, la Venerable María de Jesús, que, aunque nunca salió de su convento, se aseguró que se aparecía a los indios del Norte de la Nueva España, convirtiendo a millares.

Así pues, bajo la guía maternal de nuestra Señora de Guadalupe, comienza para estas nuevas tierras el proceso evangelizador, el cual, desde sus orígenes, vio indispensable la presencia de una apóstol mujer, de una apóstol Madre, cosa que nuestros abuelos indios entendieron debido a su experiencia maternal y cosa que nuestros abuelos españoles jamás hubieran entendido ni imaginado. Así, Dios se inculturó, se adaptó y aceptó nuestra realidad indiana.

Desde entonces, desde hace casi cinco centurias, cada 12 de diciembre, los hijos de México, América y allende de nuestra fronteras nos reunimos física y espiritualmente en las inmediaciones de este Tepeyac, para honrarla y agradecer su maternal protección, a Ella que como Madre amorosa nos entrega al Verdaderísimo Dios por quien se vive.

La Basílica de nuestra Señora de Guadalupe, según The Walll Street Journal 2006 es el Santuario mariano más visitado del mundo cristiano. Esto lo avalan los más de 19 millones de peregrinos que anualmente lo visitan. La importancia de este singular templo mariano radica en la sagrada imagen de la Virgen de Guadalupe, quien desde el siglo XVI atrae hacia sí a innumerables peregrinos de México, de América y del mundo.

Quien peregrina a la Casita de nuestra Señora de Guadalupe, sabe con certeza que encontrará una respuesta a su inquietud, un nuevo camino para enfrentar sus necesidades y el lugar propicio donde una Madre lo escuchará y lo mirará con especial ternura; de ahí que no sean pocos los hombres y las mujeres que de los diferentes estratos de nuestra sociedad acudan con marcada confianza a invocar el auxilio maternal de la Dulce Señora del Cielo, santa María de Guadalupe.

La solemnidad de nuestra Señora de Guadalupe ofrece a cada uno de los hijos e hijas de particularmente de México y América, la oportunidad de reconocernos y aceptarnos como hermanos a pesar de nuestras distintas responsabilidades y capacidades; logrando Ella, en el aquí y ahora de nuestra historia, la reconciliación y la unidad de nuestros antagonismos.
Así pues, toda realidad política, económica, cultural, laboral y social se hace presente en el peregrinar de tantos y tantos hermanos que  día a día visitan el Tepeyac, buscando la consolidación de este país, de sus familias y de las instituciones.

Sea la celebración de esta fiesta, una oportunidad para reencontrarnos y reconocernos como hermanos. Que mirando nuestras diferencias no nos dividamos, sino más bien nos complementemos, que de hecho este es el significado de esta celebración.

A Ella, que es la artífice de la nueva conciencia de nuestro pueblo, supliquémosle, para los hombres y mujeres de este tiempo, una nueva forma de ser más humana y más cristiana, frente a la inevitable ola de violencia y descomposición social que vive nuestro país. Que Ella nos alcance de su divino Hijo, al que esperamos en este tiempo, la paz, la reconciliación y el progreso.

Abrazo a cada uno de ustedes, al tiempo que les deseo una Feliz y Santa Navidad y un venturoso Año Nuevo 2008 lleno de bendiciones.

*Vicario General y Episcopal de Guadalupe
Rector del Santuario.

Pruebas divinas de la imagen
de la Virgen de Guadalupe


Las investigaciones
La imagen de la Virgen de Guadalupe plasmada en el ayate de San Juan Diego ha despertado a lo largo de los años el interés de los investigadores por saber si su procedencia es realmente divina.
Una de las primeras inspecciones que se le realizaron tuvo lugar en marzo 1666 a cargo de los pintores y protomédicos más sobresalientes de la Nueva España. En aquella ocasión, se procedió a bajar el Sagrado Ayate para que fuera examinado por ambos lados en presencia del Notario Apostólico y Público, Luis de Perea.

Tas las investigaciones, los eminentes especialistas coincidiendo en lo sorprendente, tanto de la ?técnica empleada? para la realización de la imagen, como en la conservación de la misma, y no pudieron hallar ni descubrir en ella cosa que no fuera misteriosa y milagrosa. Para ellos, la Imagen era obra de Dios.



La técnica divina
Desde el punto de vista artístico, no cabe duda que la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe es una obra maestra de notable equilibrio y armonía. Independientemente de su origen sobrenatural, desde hace varios siglos se ha venido estudiando de manera directa y la ?técnica? con que fue realizada ha sido calificada de extraordinaria e inusitada.

Los artistas que participaron en las investigaciones de 1666 concluyeron que era imposible que humanamente pudiera algún ?artífice pintar u obrar cosa tan primorosa, limpia y bien formada en un lienzo tan tosco?. También reconocieron que la imagen de la Morenita del Tepeyac estaba hecha con tan grandes primores y hermosura de rostro y manos, con una disposición y partes tan bien distriuidas de su Santísmo Cuerpo, que ningún pintor ?por diestro que fuera?, podía haber hecho algo similiar.

?Sólo Dios Nuestro Señor ?declararon en aquella ocasión los especialistas? sabe el secreto de esta obra y la perpetuidad de su conservación en la fortaleza y permanencia de sus lindos colores y dorado de estrellas, labores y orla de la vestidura y tez de la pintura, que parece está acabada de hacer?.
Los especialistas en el arte de la pintura tampoco pudieron dar crédito al hecho de que la imagen se veía también por detrás del rudo ayate, con sus nítidos colores, algo verdaderamente portentoso, como ellos mismos lo dijeron bajo juramento y con el registro de notarios y testigos.

La inexplicable conservación
Otro de los factores que han hecho asegurar a los especialistas que se trata de una Imagen de origen sobrenatural, es su conservación en un lugar con caracterísricas ambientalmente destructivas, donde todo se corrompe y se echa a perder. Además, se debe tomar en cuenta que la imagen duró expuesta a los fieles, sin ningún tipo de protección, por cerca de 116 años, ya que el vidrio le fue colocado hasta el año de 1647.

Los especialistas que participaron en la investigación de 1666 lo hicieron de forma detallada, inspeccionando el ambiente salitroso y húmedo que rodeaba la ermita y también llegaron a la conclusión de la sorprendente conservación, toda vez que era imposible que la tilma no hubiera quedado destruida desde tiempo atrás. Los especialistas en química se mostraron especialmente admirados y sorprendidos por el hecho de que el salitre no le hubiera hecho ningún daño, siendo que este elemento es tan fuerte, de tal calidad y tan corrosivo en su naturaleza, que llega a deshacer y convertir en polvo las piedras de cantera.

Los protomédicos terminaron su informe declarando que no se podía explicar, humanamente, el fenómeno que observaron de manera directa en la tilma misma, ya que la tocaron con sus propias manos. Por la parte trasera palparon que era una tela áspera y ruda, en cambio, y de manera sorprendente, por la parte delantera era tan suave como la seda misma.

Continúa intacta
Si para estos científicos del siglo XVII todo esto era sorprendente a unos cien años de distancia del milagro del Tepeyac, en la actualidad estamos celebrando 476 años de sus apariciones y la Imagen continúa ahí, intacta, siendo admirada por millones de personas del mundo entero, que acuden a ella en busca de su inagotable consuelo materno.

Virgen de Guadalupe, de México para el mundo

En 1648, el bachiller Miguel Sánchez escribía: ?Así como Israel fue elegido por Dios para hacer surgir a Jesucristo, así ha escogido a México para revelar a la Virgen de Guadalupe?.

Al paso de más de 476 años del acontecimiento guadalupano, tal parece que aquellas palabras eran proféticas, pues la imagen del Tepeyac se ha multiplicado por el mundo de distintas maneras, y hoy en día se pueden conseguir reproducciones de la Virgen de Guadalupe aún en países con gran presencia musulmana como Turquía.

La Virgen de Guadalupe tiene altares, capillas, iglesias en lugares tan importantes como distantes. Por ejemplo, está presente en la Basílica de San Pedro, en Roma, frente a la capilla donde descansan los restos mortales del apóstol, bajo la bóveda donde también yacen innumerables pontífices.

De igual manera, se encuentra en Israel, en la Basílica de la Anunciación en Nazaret, al lado de otras destacadas representaciones marianas, así como en el templo de ?La Dormición?, concretamente en la cripta de la abadía de los benedictinos alemanes de Hagia-María de Sión, en Jerusalén.

La morenita del Tepeyac también tiene altares en prestigiadas metrópolis como en la Catedral de Notra Dame, en París, Francia; en la Catedral de La Habana, en Cuba, o en la Catedral de San Patricio, en Nueva York, y en ciudades estadounidenses como Chicago, Los Ángeles o San Antonio, Texas. Por algo, en 1756 el pintor Miguel Cabrera afirmaba -partiendo de su autoridad respaldada por su prestigio artístico- que el lienzo guadalupano es la ?Maravilla de América?.



Pero todos estos santuarios tuvieron un inicio: el Tepeyac, y de allí, la imagen pasó a Europa gracias a una primera copia que se realizó por encargo del segundo obispo de México, fray Alfonso de Montúfar, misma que fue enviada a España como un regalo a Felipe II, quien a su vez donó la imagen a Juan de Austria. Este último la entregó al almirante Andrea Doria.

Cuentan que el almirante llevó consigo la imagen de la Guadalupana durante la Batalla de Lepanto, el 7 de octubre de 1571, que fue decisiva para frenar el avance turco sobre Europa. Crónicas de la época narran cómo la flota cristiana era inferior, pero luego de que Andrea Doria implorara ayuda a la Virgen Morena, el viento milagrosamente cambió de rumbo favoreciendo el triunfo de los cristianos, no obstante, que en un sólo día murieron  30 mil turcos y 7 mil 600 cristianos.

Después de la Batalla, la imagen estuvo en posesión de la familia Doria en la fortaleza de Malespina, en Génova, y en 1811, el cardenal Giuseppe Doria la legó, por testamento, a la Parroquia de San Esteban de Aveto, donde se venera.
Pero la historia no termina ahí, pues un año después de la Batalla de Lepanto, el papa Pío V decretó que, en memoria de aquel acontecimiento y como agradecimiento a la Virgen, el 7 de octubre fue incluido en la liturgia como una nueva festividad: ?Nuestra Señora de la Victoria?, que luego cambió su nombre a ?Nuestra Señora del Rosario?.

La explicación se encuentra en la petición que el mismo Papa hizo a la feligresía para que se rezara el rosario durante aquel conflicto bélico del que dependía el futuro del cristianismo en Europa ante la pretensión musulmana de imponer el islam por todo el continente. En agradecimiento, el Papa añadió al Ave María, la segunda parte: ?Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros??, de modo que, indirectamente, la imagen de la Virgen de Guadalupe del Tepeyac influyó en esta plegaria universal.

El NuevoTestamento nos ayuda a comprender
el Acontecimiento Guadalupano

En pocos días celebraremos la fiesta de la Santísima Virgen María en su advocación de Guadalupe. La imagen que se venera en la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe de la ciudad de México, es considerada uno de los ejemplos más sorprendentes de inculturación del Evangelio.

La imagen representa a una mujer en cinta que camina, la luna bajo sus pies, rodeada por el sol y con un manto de estrellas. Esta imagen nos recuerda aquel pasaje del libro del Apocalipsis del apóstol San Juan (12,1-4) que dice: ?Una gran señal apareció en el cielo, una mujer envuelta en el sol como un vestido con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en la cabeza. La mujer estaba en cinta y gritaba por los dolores del parto, por el sufrimiento de dar a luz?.

Dentro del libro, este es uno de los pasajes centrales, puesto que representa la entrada de Dios en la historia para otorgar la salvación. La mediación es una mujer cuyo significado tiene doble valor: el primero es representar a la Iglesia como mediadora de la salvación, ella es de origen divino, por eso está en el cielo, pero es humana puesto que es una mujer. La indumentaria de la mujer son los signos de la temporalidad, la luna y el sol, y por lo tanto, ella está en el tiempo y por encima de él. Las doce estrellas son el número del pueblo elegido que ha triunfado, por ello son una corona.

El segundo valor, totalmente unido al primero, es la representación de la Virgen María madre del redentor. Ella trae en su seno al sol que nace de lo alto. Ella es la joya de Israel y como madre del mesías, según la tradición hebrea, es la reina.

La imagen de la Guadalupana, como la conocemos hoy, también tiene una explicación como códice nahuatl, la cual concuerda con la narración del Nican Mopohua de Antonio Valeriano y concuerda con la explicación bíblica sobre todo en el hecho de que ella es la madre del verdadero Dios por quien vivimos.

La Virgen del tren

El siguiente testimonio no es un milagro impresionante como los que en ocasiones Dios obra por sus hijos. Es más bien un testimonio de la universalidad de la Virgen de Guadalupe y de su cuidado maternal por todos sus devotos.

Hace algunos años, mi hijo tuvo que viajar a Italia por cuestiones de trabajo y nos pidió a su familia y a mí que le acompañáramos. Así, mientras él cumplía su nueva encomienda, nosotros podíamos conocer Roma.

Yo jamás imaginé que tendría la oportunidad de viajar a ese país, por lo que, cuando mi hijo me hizo la invitación, supe que era la oportunidad de mi vida, pero había un problema: acababa de sufrir una trombo-embolia en las piernas y aún me encontraba delicada; sin embargo, decidí correr el riesgo y viajar.

Una de mis hijas me ayudó a preparar mi maleta: ropa, medicinas, todo lo que creía conveniente para el viaje, incluso una mascada de la Virgen de Guadalupe de quien soy devota; no obstante, al ver que yo empacaba aquella mascada, mi hija la sacó de la maleta con el argumento de que eran cosas que no debía llevar porque sólo ocupaban espacio. Una vez más intenté meterla en la petaca, pero mi hija se dio cuenta y volvió a sacarla. Sólo cuando se descuidó pude empacar la mascada con la imagen de mi Guadalupana.

Llegamos a Francia y de ahí volamos a Pisa, en la región italiana de Toscana, donde habríamos de abordar el tren que nos llevaría a Liborno. Digo que habríamos de abordarlo porque cuando nos encontrábamos en el andén, mientras intentábamos subir las maletas al tren, las puertas se cerraron y me quedé sola en el vagón. Mi hijo y su familia se encontraban afuera pidiendo que abrieran las puertas para poder subir. En el interior, yo hacía todo lo posible por detener la marcha: gritaba, jalaba las palancas, pero nada funcionaba? el tren comenzó su marcha.

Era la penúltima corrida y el vagón se encontraba solo. Fue inevitable sentir ese miedo que se apodera de uno cuando se encuentra en un lugar desconocido. El rechinido de las vías fue todo lo que escuché durante más de 20 minutos. Sin embargo, lejos de desesperarme, comencé a rezar. Aproveché para agradecerle a Dios y a la Virgen de Guadalupe haberme dado la oportunidad de viajar a Europa. Fue entonces que recordé una plática de mi hijo con su secretaria en la que le decía que íbamos a llegar a la ciudad de ?livelo? o algo así.

Cuando me percaté que la siguiente estación se llamaba Liborno y que el nombre era muy parecido a lo que yo había escuchado, decidí bajarme del tren. Era muy tarde y el andén también se encontraba vacío.
Por el pasillo, se acercó una mujer morena de aproximadamente 1.60 metros de estatura y me preguntó en español que si necesitaba ayuda, pues ella me había visto con otras personas. Le expliqué que era mi familia, pero que por accidente se habían quedado en Pisa.
Con gran tranquilidad, aquella mujer me dijo que no me preocupara, que ella me acompañaría en la estación mientras llegaba mi familia, pero en ese momento, por los altavoces comenzaron a avisar una y otra vez que la última corrida se encontraba retrasada. La espera comenzó a hacerse larga, y mientras la mujer hacía todo lo posible por hacerme pasar un buen momento: me dijo que era de República Dominicana y que se llamaba Martha.

Luego de más de dos horas, finalmente llegó el siguiente tren. Antes de que éste se detuviera por completo logré ver el rostro de mi hijo enormemente angustiado. Cuando las puertas se abrieron bajó a prisa y me preguntó si estaba bien. Le presenté a Martha y le dije que ella me había acompañado amablemente todo el tiempo.

Antes de despedirme, le pedí a mi hijo que sacara de mi maleta la mascada con la imagen de la Virgen de Guadalupe. La tomé y la extendí para dársela a manera de agradecimiento a Martha, quien al verla, inesperadamente cayó de rodillas y comenzó a besarla; acariciaba la imagen, la apretaba fuertemente con sus manos y se acariciaba el rostro con la mascada. ?Yo amo a su Madonna -me dijo- y lloro porque quizás jamás pueda ir a México para verla personalmente. Es el mejor regalo que me han dado. Muchas gracias?.

?No diga eso -le dije- algún día irá a México y visitará en su casa a mi Virgen de Guadalupe. Yo jamás pensé venir a Italia y, míreme, ya ando aquí?.

Hoy estoy segura de que la Virgen de Guadalupe puso en mi camino a aquella mujer para que no tuviera miedo en un país lejano y desconocido, pero también estoy segura de que me puso en su camino para obsequiarle a aquella mascada a través de la cual se hizo presente para decirle que ella también sale al encuentro de sus hijos amados.

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