Hombres de mar


CaboCorrientes_GAnímense a llegar al Pacífico en los rumbos de Jalisco para toparse con sorpresas para los sentidos. Los hombres de por acá tienen un doble arte.

El primero de los talentos es decir cosas ardientes al oído. No sé si es el padrenuestro en huichol, pero bisbiseado cerquita de la oreja con los tonos adecuados, sí que enciende las luces largas que una tiene entre las clavículas y la quinta costilla.

 

El segundo es la destreza oral-digital. Acá hay una afición maxima por las partes más húmedas del cuerpo.

 

Pensándolo con calma, el asunto es sencillo: gente que todos los días ha vivido con los olores del mar achatándola no le tiene miedo a los sabores de sal; y está acostumbrada a aventarse sus duelos tête à tête con erizos, pulpos y cangrejos como cosa cotidiana: miden con la mirada, con el tacto y el gusto.

 

Desde niños, estos hombres exploraron con labios, dientes, lengua y dedos cientos de ostras, mejillones y caracolas. Así que reconocen membranas, son delicados y pacientes para esperar con los labios y sentir con la punta de la lengua las reacciones endurecedoras, erguidoras y pulsantes de lo guardado, oculto y protegido, ¡pero muy vivo! Estos tipos saben cómo despertarlo y están dispuestos a buscar, intentar, tantear, tocar, leer señales para pasar al siguiente movimiento, al otro ritmo, a la otra fuerza.

 

¿Quién dijo que los hombres de mar son rudos y desconsiderados? Uno me ha parecido observador, calculador y arrojado. Tiene una cicatriz de unos 30 centímetros que le cruza el torso, recuerdo de un erizo que lo punzó a la vuelta de un revolcón de ola. Otro es audaz. Muy. Tal vez bajo el agua, con los segundos de aire contados, debe a fuerza guardar la calma, aguzar los sentidos y quedar tablas con el fondo del mar, ¿cómo no iba a poder con un solo manojo de nervios y explosiones?

 

¡Ah, el Pacífico! Es sensual desde que se le ve acariciando a las Bajacalifornias, lengüeteando a Sonora por su punto más delgado y sensible, tocando el pecho y la cadera de Sinaloa, lamiéndole una puntita a Nayarit y saboreándose a Jalisco antes de bajar desde Colima hasta los pies del país.

 

Estas delicias no se anuncian junto a los paseos en lancha de motor. Están reservadas para el espíritu explorador a orilla del océano más ardiente del mapa azul.