Don gratuito


?El sacerdocio, don inmenso y gratuito de Dios?

"No me habéis elegido vosotros a mí, sino Yo os elegí a vosotros" (Jn 15,16). Estas palabras dirigidas por Jesús a los Apóstoles, Él las dice hoy a estos nuestros quince hermanos, Heraldos del Evangelio, que están preparados para ser ordenados sacerdotes.

El sacerdocio es siempre el resultados de una aceptación: es un acontecimiento, una elección de la gracia, una iniciativa divina que alcanza a la persona de diversas maneras y se cumple a través de diferentes manifestaciones.

Este encuentro nuestro tiene un significado muy especial porque ocurre en este año que nuestro amado Juan Pablo II quiso consagrar a la Eucaristía, presencia misteriosa y real del amor de Cristo entre nosotros. Para ayudarnos a venerar y vivir ese insondable e inefable misterio, nos dio una magnífica carta apostólica: "Mane nobiscum Domine".

 

En el mundo entero, mientras se recuerda con inmenso afecto a la persona del Papa Wojtyla y se reza por el nuevo Papa, Benedicto XVI, en el mundo entero se vive este año de la gracia con los ojos puestos en el Santísimo Sacramento del Altar, que Jesús entregó al ministerio del Iglesia a través de los sacerdotes, cuando dijo a los Apóstoles en la Última Cena: "Haced esto en memoria mía".

Nos reunimos aquí para ordenar sacerdotes a quince hermanos Heraldos del Evangelio -con su Presidente Internacional, el muy querido Juan Clá- presentados por el vivo, atento y dispuesto P. Romolo Mariani, a quien agradezco el celo con que los ha preparado espiritualmente para este acontecimiento extraordinario.

Es el primer grupo de Heraldos del Evangelio que llega al sacerdocio, don inmenso y gratuito de Dios. La Asociación Internacional de los Heraldos del Evangelio está de fiesta, pero estamos de fiesta sobre todo nosotros, representantes de la Iglesia. Agradezco de corazón a su Eminencia el Cardenal Hummes que me ha dado la posibilidad de presidir esta solemne celebración en su benemérita archidiócesis; agradezco a los queridísimos y excelentísimos cofrades en el episcopado aquí presentes, a los sacerdotes, a las autoridades civiles y militares, y a todos vosotros que hoy estáis reunidos en esta iglesia.

Queridísimos Heraldos del Evangelio: recordad siempre y acoged con gratitud el don que a vosotros y a través de vosotros, el Señor hace a la Iglesia y al mundo, reuniéndoos como Asociación Internacional de Fieles.

Escuchad a vuestros hermanos formadores, intermediarios del Señor en la admirable obra de preparación para el sacerdocio, si aún el Señor quiere llamar a otros a este altísimo ministerio.

Un elemento en el cual tal vez sea útil fijar nuestra atención y anclar nuestra fé: el Sacramento del Orden imprime un carácter definitivo e indeleble. Me gusta pensar en ese Carácter como una especie de garantía, de fuente inextinguible, como un valor no estático, sino dinámico, evangélico, del sacerdocio ministerial.
De hecho, a través del Carácter se da algo de indefectibilidad que garantiza la comunión ministerial con la Persona de Jesús y une a ésta la realidad personal del sacerdote, haciéndola disponible a todo el pueblo de Dios, en un ministerio y un servicio que se transforma en la causa vocacional fundamental de la existencia consagrada.

El consagrado se vuelve criatura capaz de ser dada inagotablemente, destinada a convertirse en vehículo del don de Cristo. Me parece que en ese sentido el Carácter puede de hecho ser considerado como el corazón de todo este acontecimiento de la gracia característico, típico, que es el Sacerdocio Ministerial
Quiero concluir con una oración: "Os agradezco, Señor, que por la imposición de mis manos, asumís a estos hermanos en vuestra persona para el resto de sus vidas. Nadie os ha amado jamás con un amor infinito, como Vos. Ellos, aunque no supieran a donde los habéis conducido, ni qué podrían esperar de Vos, quisieron depositar en Vos su confianza, como respuesta a vuestro amor.

Sentían el deber de dejaros hacer y, de este modo, obtener las luces necesarias. Bastaba tan sólo que sus voluntades se fundiesen íntimamente con la vuestra, Señor. En su camino de preparación para la ordenación sacerdotal, a veces entendían, otras veces no.

Pero, mientras menos conseguían entender, más Vos le pedíais amor a ese Pan frágil, en el cual se hace la presencia misteriosa por nosotros. Comprendían entonces que en el claroscuro de la fe se hacen las elecciones en vuestro favor y se conquistan os méritos de los cuales, Vos mismo sois la recompensa. Con Vos, Jesús Eucaristía, ellos tenían todo.

 

Por Vos dejaron la familia, la casa, queriendo reparar rodas las injurias que recibís en la Santa Hostia.

 Sus almas se sentían honradas de hacer vigilia ante vuestros sagrarios. En vuestro Corazón Eucarístico está contenida toda su fuerza, su luz, su vida. Se dan cuenta de que sin Vos habría solamente tinieblas, flaqueza. Ahora no tienen otro deseo que el de daros su propia vida, por la Iglesia, y por todos, hermanos y hermanas, que Vos pondréis en su camino.

¡Oh, si muchos otros jóvenes comprendiesen que Vos vivís en lo íntimo de cada uno de ellos, convidándolos a caminar por las vías de un amor humilde y confiante en vuestra ternura divina, y que solamente por amor asociáis las criaturas a vuestra obra de redención!

Vos sabéis, Jesús, que durante este año procuraron expresar sentimientos de veneración y de afecto también al Corazón de María, refugiándose en Él con frecuencia, para que con su presencia los ayudase a subir progresivamente, atrás de Vos, el camino de la Cruz. La casulla que hoy revestirán presenta también, junto con el símbolo de la Eucaristía, la imagen de María.

Saben que cuanto más reconocen a María, Madre y hermana, más se aproximan a Vos, oh Jesús. Ella es su modelo cotidiano, Ella que se ha dado todas entera, sin tardanza y sin retrocesos, a Dios, absoluto de su vida, y al prójimo.

Estos nuestros hermanos son conscientes de que para poder darse al mundo, deben darse enteramente a Vos, a través de Ella, dama de inefable belleza, Inmaculada Madre del Carmelo, que dijo "sí" a la voluntad del Padre y vive en una extraordinaria intimidad con la Trinidad. Ella condujo a estos vuestros escogidos a Vos, Señor Jesús, convencidos de que no pertenecen más a sí mismos, porque se dan libremente de cuerpo y alma, para siempre a Vos, único y verdadero Amor. Y no tienen otro deseo, sino el de amaros, de haceros amar y de ser transformados cada día en una pequeña hostia vuestra ".

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