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Leyendas

TEZCATLIPOCA

Uno de los más escabrosos dioses de la mitología mexicana. Sabía mentir con memorable facilidad. Era sinigualmente diestro en el arte de las transformaciones; lo mismo se volvía en tigre o coyote, lo mismo se tornaba invisible.

Predestinado a demoler el sacro imperio de Quetzalcoatl, descendió del cielo a la tierra por una infinita soga hecha de telas de arañas y expulsó de sus dominios a la serpiente emplumada. Pero al lograr ese terrible lanzamiento Tezcatlipoca asumió terribles formas monstruosas que espantaron a los discípulos de Quetzalcoatl. Su basta leyenda añade que caído del sol al agua, se transformó en un colérico tigre que devoro a los gigantes que asolaban la tierra.

Su nombre primordial quiere decir espejo que humea o espejo resplandeciente. Posee otros no menos ilustres como Yoalliehecatl ( viento de la noche ), Titlacahuan ( somos tus siervos y esclavos ) Moyocoyatzin ( el que hace cuanto quiere ), Telpochtli ( mancebo ) Yautl ( enemigo ), etc. Para muchos era el señor de todas las cosas, el creador de los cielos y la tierra , honor que otros dioses le disputan en la laberíntica mitología mexicana.

Sabia retribuir a sus adoradores pero era inflexible con quienes lo omitían. A estos prescribí enfermedades como la lepra, la sarna, la gota y la hidropesía. Acostumbraba bajar del cielo supongo que por la infinita cuerda de telarañas para visitar a los hombres; por ello, en las encrucijadas le habían dispuesto asientos de piedra para su descaso.

Quien osara usurpar esos sagrados sitiales era severamente castigado. Lo presentaban siempre joven para significar que jamas envejecía. Su estatua espeluznante era inmensa: la principal era de piedra negra y lustrosa, vestida con deliberada ostentación. La decoraban oro y piedras preciosas.

En otra presentación su figura sedente se recorta contra una vistosa cortina escarlata labrada con calaveras y canillas de muertos; tenía el cuerpo teñido de sangre y la cabeza coronada de pluma de codornices.

Una de sus sagradas manos afianzaba un dardo en la amenazadora actitud de arrogarlo.

Un día se introdujo Tezcatlipoca en el volcán de la sierra nevada y desde ese distante cráter envió a sus sacerdotes el hueso de su muslo para que lo adoraran en el templo.

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