En la zona conocida como La Valenciana, en los límites de la ciudad de Guanajuato, existe una mina aun activa con el mismo nombre, y una Iglesia que se construyó a finales del siglo XVIII como agradecimiento minero por la futura riqueza que dicha actividad dejaría a la ciudad y el estado en general. Si bien Guanajuato sigue siendo una ciudad minera, en su gran mayoría ha adoptado una economía derivada del turismo, y por tanto del turismo basado en […]
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]]>En la zona conocida como La Valenciana, en los límites de la ciudad de Guanajuato, existe una mina aun activa con el mismo nombre, y una Iglesia que se construyó a finales del siglo XVIII como agradecimiento minero por la futura riqueza que dicha actividad dejaría a la ciudad y el estado en general.
Si bien Guanajuato sigue siendo una ciudad minera, en su gran mayoría ha adoptado una economía derivada del turismo, y por tanto del turismo basado en la historia de la minería. Dichas minas tienen una gran cantidad de conexiones por medio de los túneles, y mientras algunos deben cerrarse por volverse frágiles o peligrosos, otros pueden ser abiertos para continuar trabajando; sin embargo, algunos de los que dejaron de funcionar como sección de extracción, se restauraron como acceso turístico.
Dos de dichas entradas turísticas en la zona de la Valenciana son la de San Ramón y la de San Cayetano. De la segunda se puede tratar en un texto próximo, pues es de la primera de la que se habla en el presente.
La mina de san Ramón tiene una amplia vista de los cerros aledaños, y su acceso se encuentra dentro de un pequeño bar y un restaurante, además de tener algunos objetos de lo que eran las tiendas de raya o momias hechas de papel mache y que, como se explica en el recorrido, fungen como adornos en algunos sitios de la ciudad para las festividades del día de muertos.
El acceso al interior de la tierra, que es la bocamina, cuenta con una construcción en saliente, con forma de chimenea, y ventanas en la parte más alta, así, cuando el aire corría se conjunta con el de la entrada y accedía con mayor facilidad a los túneles. Aunque hoy ya tienen escaleras e iluminación (al menos las minas turísticas), los mineros del siglo XVI y hasta casi el siglo XX subían de lado en un tronco muy inclinado, y que tenía incrustados escalones hechos a machetazos, de esa manera, no caían de espaldas por los cerca de 70 kg. de roca que subían por viaje.
La iluminación se daba únicamente por velas, y antes de que existieran los barrenadores , se realizaba prácticamente todo el trabajo con marro y cincel. Se llegaron a utilizar algunos explosivos pero, al tener que encenderlos y luego correr por estrechos túneles, había gran cantidad de heridos y muertos, por lo que se volvió a la forma más rústica de cincelar la roca madre.
Además de los problemas de visión, muchos mineros morían cerca de los 35 años (habiendo empezado dicha labor a los 14 los más jóvenes) por enfermedades respiratorias: al cincelar, barrenar o dinamitar, el polvo de roca y de cuarzo flotaban en gran cantidad, ahogando las funciones de los pulmones y esófago, hiriendo y cortando los órganos desde el interior.
Sin embargo, el cuarzo fue siendo aceptado por la industria eléctrica de a poco, por sus cualidades de energía, mientras que se sigue trabajando el oro y la plata. En esta bocamina se bajan unos veinte metros por unas escaleras de pendiente pronunciada, y luego de caminar otros diez metros se llega a un espacio un poco mayor y amplio, similar a una burbuja, donde nos mostraron una veta de plata, que resultan ser de color negro cuando no han sido trabajadas y, por lo que con el tiempo, vuelven a dicho color.
Si bien la experiencia en esta mina fue buena y un excelente ejemplo de la vida minera (o una pequeña parte de ella), es la bocamina de san Cayetano la que permite un acceso aún más profundo y cuya reseña complementará muy bien la aquí descrita.
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En la zona de viviendas conocida como Cata, en la ciudad de Guanajuato, hay una Iglesia advocada al Señor de Villaseca de Cata. La historia de la misma es digna de conocerse, no solo por su aspecto histórico y arquitectónico sino por las leyendas y folclor que alrededor de ella se han ido formulando, y que incluso hoy día continúan siendo parte del imaginario colectivo no solo de la ciudad, sino incluso del completo estado de Guanajuato. Con una fachada […]
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]]>En la zona de viviendas conocida como Cata, en la ciudad de Guanajuato, hay una Iglesia advocada al Señor de Villaseca de Cata. La historia de la misma es digna de conocerse, no solo por su aspecto histórico y arquitectónico sino por las leyendas y folclor que alrededor de ella se han ido formulando, y que incluso hoy día continúan siendo parte del imaginario colectivo no solo de la ciudad, sino incluso del completo estado de Guanajuato.
Con una fachada de estilo churrigueresco, y un interior del estilo barroco sobrio, el templo fue construido en 1725. Cuenta con tres naves, la central de 5 tramos, con el crucero y cúpula en el cuarto de ellos. De la nave izquierda tenemos una torre en la fachada con un cristo cargando su cruz, y una portada lateral en el segundo tramo, lugar donde termina dicha nave. La nave derecha cuenta con una pequeña capilla interna en devoción a una Virgen Dolorosa.
“Dicen antiguas historias
que en mil quinientos cuarenta,
hubo un noble toledano
que fue célebre en América,
por los muchos beneficios
que impartió con sus riquezas,
por su talento y virtudes
y sus costumbres austeras
Ese noble se llamaba
Alonso de Villaseca,
hombre de adusto carácter;
pero de ejemplares prendas.
Aunque se meció su cuna
en la mayor opulencia,
no tuvo apego en la vida
ni al fausto ni a las riquezas.
Cifró toda su ventura
en hacer obras benéficas,
y en los negocios de minas
alcanzó fortuna inmensa.”
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