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Influencia de los vascos en los orígenes de la Charrería en México

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Influencia de los vascos en los orígenes de la Charrería en México

   Marquesado de Guadalupe Gallardo                           Ducado de Regla

 

La práctica de la charrería, esencia nacional de lo que ahora es México, por lo menos hasta hace no mucho tiempo, surgió en todo lo que fue la Nueva España, especialmente las regiones del Centro y el Occidente, el Norte, el Noroeste y el Suroeste de lo que ahora es Estados Unidos, gracias a la aparición de grandes haciendas tras la eficaz colonización de las tierras por donde pasaron los Oñate, los Urdiñola, los Ibarra y la pléyade de vascos que tenían sus miras más en el futuro de esos lugares que en una simple conquista de los mismos.

 

  Caballo charro
Caballo charro.

El trabajo con el ganado en esas haciendas, fueran o no ganaderas, hizo de la charrería -actividad propia de los charros, hombres de a caballo que recibieron ese nombre por la semejanza de su atuendo con el de los charros salmantinos- una forma de vida, una práctica constante, parte del trabajo diario ejecutado desde antes de la salida del sol hasta su ocaso, siempre a lomos del equino como medio de comunicación, herramienta de trabajo, medio de diversión, compañero, amigo y hasta confidente del charro, del ranchero, del vaquero, del arriero y del gran señor.

 

Cabe decir, entre paréntesis, que la charrería aún conserva la esencia de la Caballería y sus reglas. Sus integrantes, entre quienes figuran lo mismo ganaderos y gente relacionada con el campo que profesionistas y empresarios, son gente conservadora para la que siguen vigentes como normas esenciales el honor, la dignidad, la integridad, el respeto y las virtudes tradicionales. A sus asociaciones pertenecen los charros con sus respectivas familias, que participan en las diversas actividades de la organización. En cierta forma, la charrería es un mundo aparte dentro de la vorágine del mundo moderno.

En la Nueva España floreció la charrería además de con las actividades de campo, con los alardes, juegos, competencias y torneos entre los señores importantes, y estaban a la orden del día las carreras de cintas, también llamadas “correr argollas”, el juego de cañas, el toreo a caballo, los herraderos y el imprescindible paseo del pendón para conmemorar la reconquista de Granada por los Reyes Católicos y que en Guadalajara se efectuaba también en febrero para conmemorar la fundación de la ciudad.

Familia charra
Familia charra.

Para darse cierta idea de cuánta gente de a caballo vivía y trabajaba en México, tomemos como ejemplo una de las cinco mayores haciendas de la Nueva España, como es la de Ciénega de Mata, propiedad de la familia jalisciense de los Rincón Gallardo, que abarcaba todo lo que es el municipio de Lagos de Moreno y parte de Zacatecas, Aguascalientes, Guanajuato y San Luis Potosí, con sus estancias, que eran prácticamente una hacienda en pequeño cada una de ellas. Las más importantes de estas estancias de Ciénega de Mata fueron Ojuelos, El Sitio, la Estrella, Las Jaulas, El Cerrito, Arriaga, San José de Bernalejo, Chinampas, La Troje, La Paz, El Puerto, La Punta, Tecuán, San Cristóbal, Betulia, Cuarenta, Comanja, La Merced, Las Animas, Trancoso, La Punta y otras más, hasta sumar 99 haciendas que medían alrededor de 300 mil hectáreas en total. Aparte hay que considerar todas las demás, de dimensiones más reducidas pero no por eso pequeñas, que había en Jalisco, como El Cabezón, en Ameca, propiedad de la familia Cañedo; Zapotlanejo, El Careño, Amatitlán y otras que fueron surgiendo posteriormente.

  Charro vestido de media gala
Charro vestido de media gala.

Ahora bien, considerando cuántas cabezas de ganado mayor cabrían en una sola hacienda de estas dimensiones, máxime si era ganadera, puede uno darse cuenta de cuántos vaqueros trabajarían en todas ellas, a lomos de sus cabalgaduras desde antes de que saliera el sol hasta que se ponía, los 365 días del año, pues hasta para divertirse y pasear lo hacían sobre sus bestias y, por ende, de cuánta gente de a caballo poblaba los campos y practicaba todo el tiempo la charrería en su aspecto más profesional.

Según un venerable testigo de avanzada edad, que vivió mejores tiempos para el campo mexicano precisamente en esas tierras, sólo en una estancia de Ciénega de Mata se encorralaban diariamente más de cien mil cabezas de ganado menor y que para trabajar las tierras era común que se utilizaran 300 o 400 yuntas, lo que representaba 600 u 800 bueyes o mulas.

La gente de a caballo de aquellos tiempos era realmente insaciable en cuanto a actividades sobre los lomos de los equinos y cuando no tenían que estar arreando, encorralando, lazando, jineteando o herrando el ganado, inventaban formas de entretenerse, como los torneos, los ya mencionados juegos de cañas y correr argollas, también llamadas “carreras de cintas”, desenterrar el gallo o descolgarlo de un alambre a toda carrera, clavar siete dagas en una tabla que representaba a un sarraceno o perseguirse los competidores de dos equipos rivales a caballo para quitarle un paliacate o cinta a un jinete del equipo contrario o salir a cazar venados con lazo, así como un sinfín de juegos, competencias y entretenimientos que, desde luego también incluían carreras parejeras, jaripeos, peleas de gallos y muchas otras diversiones.

La charrería llegó con los conquistadores españoles, pero floreció con los colonizadores vascos, sus cabalgaduras y su ganado, que trajeron con ellos y se dice que el primer jaripeo lo efectuaron Cortés y sus capitanes en Cozumel durante su primera visita a ese lugar y consistió en un alarde con simulacro de batalla entre ellos y práctica de los juegos que acostumbraban hacer los españoles, aunque algunas obras aseguran que el primer alarde se dio en ese lugar el 19 de abril de 1519, con una fuerza que “se componía de ocho bajeles, 458 soldados distribuidos en once compañías, 109 marineros, 16 caballos y diez cañones”.

Charro rayando el caballo
Charro rayando el caballo.

Estos alardes, que mucho se practicaron en toda la Nueva España, según se relata en la obra “México a través de los siglos” incluían desde desfiles hasta escaramuzas y fueron regulados por Cortés en el año de 1524.

“Todo vecino debía tener en su casa una lanza, una espada, un puñal, una rodela y un casquete o celada, y además las armas defensivas que pudiere, ya de las que se usan en España, ya de las que se acostumbraba traer por los naturales de la tierra, y presentarse con ellas en los alardes o revistas; pero los encomenderos estaban obligados a mayor apresto según la importancia de sus repartimientos; el que tuviere 500 o menos indios debía tener también, además de las armas defensivas, dos picas, lanza, espada, puñal y escopeta o ballesta con toda su dotación de combate y reserva.

La reina de los Charros de Jalisco, Perla Ibarra Sánchez  
La reina de los Charros de Jalisco, Perla Ibarra Sánchez.

“El que tuviere de 500 a mil indios, además de esas armas debería estar provisto de un caballo o yegua con todos los arneses necesarios, y si el repartimiento llegaba a dos mil indios, doblaba la obligación en armas y caballos”. En estos casos se encontraban los “Capitanes alteños”, terratenientes de la zona de Los Altos de Jalisco, autorizados por el Virrey para disponer de gente armada bajo sus órdenes para poner paz en su región y castigar a los depredadores que comenzaron a aparecer en esa zona y en la cual ellos poseían repartimientos.

Los alardes se practicaron durante todo el Virreinato cada cuatro meses previo pregón y con obligación de asistir sin excusa ni pretexto pues había penas para quienes no lo hicieran o para quienes teniendo caballo se presentaran a pie; y ya en el México independiente tuvieron variantes pero siguió siendo el caballo el protagonista principal.

En ese tiempo no se conocía otra forma de montar que se basaba en la escuela de la Jineta y que según menciona Don José Alvarez del Villar en su Historia de la Charrería, “se estableció en estas tierras en cuanto se consolidó la paz y se terminaron las principales conquistas del territorio. Los primeros años, cuando todavía no había un tráfico regular con la metrópoli, la adquisición de equipos clásicos de la jineta era sumamente difícil, por lo tanto hubo muchas mixtificaciones que cooperaron para el surgimiento del estilo peculiar que para montar, enjaezar sus caballos y ataviarse a sí mismos caracterizaron a los hacendados y que, con el tiempo, vinieron a ser uno de los factores que concurrieron para la formación del traje actual de nuestros charros”.

Esta escuela de equitación desapareció casi por completo entre los caballeros mexicanos con la consumación de la independencia, así como casi todo lo relacionado con ella y sólo entre los hacendados puede decirse que persistió, ya muy modificada pero sin dejar de mostrar su descendencia de la original.

  Yegua charra
Yegua charra.

Hoy los hombres de a caballo se agrupan en sus asociaciones, que se formaron en las ciudades al término de la revolución de 1910, al ser desplazados del campo. Esta revolución y más tarde la llamada “reforma agraria” no sólo terminaron con el régimen de haciendas sino de hecho con el campo mexicano, prácticamente inexistente en la actualidad.

Bibliografía

· Álvarez del Villar, José. “Historia de la Charrería”. Imprenta Londres. México.1941.

· Rincón Gallardo, Carlos. “El libro del charro mexicano”. Editorial Porrúa S.A. México. 1946.

· Serrera, Ramón María. “Guadalajara Ganadera”. Barcelona. 1977.

· VV.AA. “México a través de los siglos”. Mexico. 1940.

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