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S.S.BENEDICTO XVI

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Beato Miguel Agustín
Pro

  

Buen humor… a la mexicana
1898 – 1927

El Beato Miguel Agustín Pro, siempre lleno de audacia y buen humor,
predicó con el ejemplo e inundó con su alegría a quienes le rodearon.

A lo mejor es sólo la ignorancia. O será que los biógrafos de santos
hablan muy poco de la alegría de sus personajes. Parecería que, para ir al
Cielo, han debido de pagar el precio de ser hombres tristes o timoratos, o
terminar su vida, muy cerca de Dios, sí, pero un poco amargados. Es frecuente
oír que la religión es enemiga de la vida porque predica la Cruz y la
abnegación, algo así como: si quieres llegar a la otra vida y ser eternamente
feliz te va a salir un poco caro el boleto; todo son renuncias, y, desde luego
ni pienses en pasarla bien en esta vida. Escoge. Esto es falso con todas sus
letras.

Los santos no han sido nunca tristes

No hay ninguna religión en el mundo que predique tanto la alegría como
lo hace el cristianismo. Esto es lo que hizo decir a Bernanos que "lo contrario
de un pueblo cristiano es un pueblo triste". Es más. La palabra misma
"Evangelio" significa "Buena noticia", o noticia alegre. Quienes se esfuerzan
realmente en vivir el mensaje de Cris­to con todas sus consecuencias, no pueden
más que estar siempre contentos. Pero contentos, con contenido.

Me referiré ahora a un hombre santo y muy alegre. No quiere decir que
ésta fuera la única virtud del mexicano Miguel Agustín Pro, pero quizá sí la más
característica. De prin­cipio a fin de su vida, había en él esta señal
inequívoca de que iba por buen camino, de que se esforzaba por vivir todas las
demás virtudes, porque la alegría – ya lo dijo un sabio del siglo XIII- es el
primer efecto del amor.

Siendo aún niño, Miguel vive en el pueblo minero de Guadalupe,
Zacatecas, y luego en Saltillo, Coahuila. Es travieso, de tempera­mento vivo.
Gran aficionado a la música, toca la guitarra y la mandolina, entona canciones
populares con gusto. En las veladas familiares divierte a los demás con sus
gracias, versos y magias. Declama muy bien e imita voces y gestos de otros con
mucho acierto. Co­lecciona cuentos, anécdotas, chistes y fábulas y de ahí saca
siempre material para entretener a todos.

Cuando acaba sus primeros estudios, debe ayudar su padre en la Agencia
Mi­nera de Concepción del Oro, Zacatecas. Se le ve cerca de los mineros tomando
parte en sus litigios y arbitrajes. Le gusta mucho mezclarse entre la gente. Sin
embargo, después de unos ejercicios espirituales, siente el lla­mado de la
vocación y entra en el Noviciado de los Jesuitas. Estudioso, dedicado. No es
bueno para la Metafísica, pero sí para la Moral; tiene gran facilidad para las
letras y enorme soltura para armar las rimas de sus versos. Su desenvoltura y
sencillo desparpajo son de dar envidia.

La tranquilidad de los estudios se debe interrumpir en 1914. Hay que
ir a Zamora y luego a Guadalajara cuando las fuerzas hostiles de Venustiano
Carranza merodean por los alrededores y hasta llegan disparando balas en el
Novi­ciado, causando muchos destrozos; como no hay seguridad para ellos y Miguel
sigue adelante con su vocación, continúa sus estudios en Cali­fornia y luego en
Granada (España) y finalmente se ordena sacerdote en Bél­gica. En esos lugares
se entrega gustoso a la catequesis de niños, a los que entretiene con sus
gracias y muchos otros recursos. Aquellos chiquillos gitanos del Albaicín, en
Granada, recuerdan sus modos tan fáciles de hacerse entender con su incontenible
alegría. Algo similar hace con los obreros. Tiene que pasar largas temporadas de
recupe­ración por sus frecuentes malestares de estómago, que le enrecian el
carácter.

No todo era broma

Su vida de jesuita joven está llena, aparentemente, de
despreocupación, pero en el fondo de Miguel hay pureza, piedad y generosidad.
Son años de enfermedades que Miguel aprovecha para crecer para adentro. Le
recuerdan sus compañeros de estudio como hombre jocoso, bromista y agudo. No es
el ocurrente del chiste burdo, sino el hombre de la broma in­teligente,
acompañada de una mímica inimitable que hacen de él un amigo siempre recurrido y
un actor obligado para los festejos. Creen muchos que sus chistes son sólo
desahogos del carácter, pero la verdad es que frecuen­temente algún gesto rápido
en su cara hace descubrir sus fuertes dolores físicos.

Es muy bueno para imitar. Hace todo tipo de caras y gestos para
divertir a quien sea. Pero Miguel lo que más quiere es imitar a Jesucristo. Por
eso, no todo en él son bro­mas. Se ríe de todo, empezando por sí mismo, pero las
cosas de Dios se las toma en serio, muy en serio, más de lo que se puede
imaginar, pues se da cuenta de que Dios le quiere santo y deberá ser hombre de
caridad sacrifi­cada por los demás. Siendo muy joven novicio pasa larguísimos
ratos en la capilla. Cuando alguna vez le insinúan que retrase su tiempo de
oración por alguna otra cosa dice con una sonrisa amable: – No puedo, porque
perdería la vocación.

Un final vivido demasiado intensamente

El 8 de julio de 1926 un barco procedente de Europa que atraca en
Veracruz, le trae a México, ya ordenado sacerdote, luego de catorce años de
ausencia. Sus supe­riores le habían animado a volver a su patria para ver si sus
aires natales le componen sus malestares gástricos, o, si no hay curación, al
menos pueda morir entre los suyos. Justamente a fines de ese mes, entra en vigor
la famosa "Ley Calles", con la que se inicia la más feroz persecución que se
recuerde contra la Iglesia Católica en México.

Las jornadas de Miguel son francamente agotadoras: muchas veces
confesiones desde las cinco de la mañana hasta el medio día y luego de tres de
la tarde a ocho de la noche. En ocasiones hay que impedirle que siga confesando
pues está casi desmayado. Ante la creciente agre­sión contra la Iglesia, los
Obispos se ven en la extrema necesidad de cerrar los templos. Entonces el
trabajo pastoral de Miguel se hace más difícil, pues hay que hacerlo cada día en
lugares muy diver­sos: auxilios espirituales, celebrar la Misa, asistir a
escondidas a los moribundos, Bautismos, Matrimonios, pláticas a grupos…. Con
frecuencia no hay otra manera de llevar la Comunión a tantos -un promedio de 300
dia­rias- más que yendo en la bicicleta que le presta uno de sus hermanos ("que
por cierto me debe un raspón en el brazo izquierdo y un chichón en la frente",
escribirá), pero va a todas partes haciendo el bien. Cuanto más ve el
sufrimiento físico o moral del prójimo, más fuerzas encuentra para entre­garse a
la caridad.

No tiene miedo de nada ni de nadie. Parece impasible, aunque sufre,
pero le importa un cacahuate lo que otros digan, aunque la persecución arrecie
de día en día. A veces entra en las prisiones para visitar a los detenidos y un
día se dice por dentro a sí mismo, con gracia: "Si los carceleros supieran qué
clase de pájaro era yo, ya hace tres meses que estuviera desecándome en la
sombra. Y qué grandes son las ganas que me entran a veces de gritar: -Oiga
usted, don Alcalde, yo mesmo soy el promotor de esas conferencias reli­giosas;
yo soy el que ha "emperiquetado" a esos muchachos para que ha­blaran; yo soy el
que los confieso en sus mismas narices…. -¿Será usted tan pazguato que no me
eche el guante siquiera por quince días…?"

-"¡Ah… qué padresito tan aventado!"

A causa de la persecución va disfrazado: el atuendo recorre todas las
capas sociales: desde un pantalón de mecánico, con gorra calada hasta los ojos,
hasta de catrín, con corbata y sombrero elegante, fumando bue­nos cigarrillos de
boquilla. Ya lo dijo San Pablo: hay que hacerse todo para todos para ganarlos a
todos (I Corintios, 9, 22).

Miguel debe trabajar mucho, pues aparte de estas labores sacerdotales,
también hay que ayudar a sostener a muchas familias indigentes: pedir li­mosnas
de puerta en puerta. A veces le regalan cosas para que las rife. Un día -lo
cuenta él mismo en una carta de 25 de mayo de 1927- "iba con una bolsa de señora
muy mona (la bolsa, no la señora) que hacía cinco minu­tos que me habían dado,
cuando de repente, me encuentro una dama muy pin­tada…

-¿Qué lleva ahí, padre…?, dice ella.

-Una bolsita para señora que vale 25 pesos, pero por ser para usted,
se la dejo en 50 pesos, los cuales le ruego envíe a tal
familia…"

Durante esta incansable actividad hay que aprender a burlar a la
policía que le busca por todas partes para prenderle. Una vez, sin embargo, no
puede escurrirse y es descubierto por un policía que le detiene. De entonces a
la fecha nuestra policía capitalina no ha cambiado nada. No cede el oficial a
todas las razones del sacerdote para que le deje, hasta que la última sí
resulta:

-Si me llevas a la cárcel, yo no podré confesar a tu mamacita…

-Usted perdone, padresito -repuso el guardia-, pero ¡ya ve cómo están
los tiempos….¡ ¡Váyase, váyase cuanto antes!.

-¿Irme?.. Y Miguel, con gesto amable añade, riendo sin que se note: –
El que te vas eres tú y no a la Inspección de Policía, sino a decirle a tu mamá
que hoy por la noche voy a confesarla y mañana le llevo la Comunión, a ver si
así consigo que te confieses tú también, sinvergüenza…

-!Ah, que padresito tan aventado…!, se fue musitando el policía. Al
día siguiente, escribe Miguel Pro, mi amigote asistía a la Comunión de su madre;
creo que pronto se la llevaré a él …

El celo infatigable del Padre Pro le hace ir de un barrio a otro, de
casa en casa para ofrecer sus servicios sacerdotales. La policía está sobre
aviso y aho­ra sí busca cualquier ocasión para echarle el guante, pero el uso de
dis­tintos modos de vestir hace más complicada la detención. En la casona que
lleva el número 150 del Paseo de la Reforma -hoy es un conocido restorán de la
Ciudad de México- , vive una familia que acoge con frecuencia al padre Miguel.
El dueño de la casa -Don José- es un buen cristiano que tiene siete hijos y
colecciona antigüedades. Allí el sacerdote tiene uno de sus escondites. Se le
habilita un cuartito secreto detrás de un librero de la biblioteca para que pase
algunas noches. En la capilla de la casa se celebran misas. Un día al salir de
allí se da cuenta que lo siguen dos policías. Para su fortuna, a la vuelta de la
esquina va andando una joven y no se le ocurre otra cosa que quitarse el saco,
ponerse rápidamente la cachucha y tomarla con naturalidad del brazo, mientras le
dice bajito: -No se asus­te. Soy sacerdote…, por favor simule que es mi novia.
Los hombres que le siguen corriendo pasan velozmente, dejando atrás al par de
"enamorados".

Lágrimas de aguacate

Es tal su celo y prestigio, que hasta algunos de los mismos que se
dicen perseguidores de la Iglesia le buscan para que les atienda. Una noche se
encontraba solo en su recámara estudiando, cuando con espanto le avi­san que le
busca un hombre vestido de revolucionario.

-Díganle que entre.

Se presentó un gigantón, morenazo, serio, armado hasta los dientes,
que le pregunta con voz áspera y ronca:

-¿Tiene usted miedo?

-¿Miedo? -le respondió Miguel-. -¿De qué? Sólo temo al pecado, y fuera
de eso, a na­die. ¡No temo ni a Dios, mi Padre, que es tan bueno!

-¿Y a mí tampoco me tiene miedo?, prosiguió.

-¡Menos aun que a nadie! -Le dijo- Y ¿por qué habría de
tenérselo?

-Pues quiero hablarle a solas…, siguió diciendo muy serio el
bárbaro.

-Muy bien. Siéntese, le dijo el sacerdote.

-No, señor, yo no me siento…. ¡Porque lo que le tengo que decir, no
se lo puedo decir sentado, sino sólo de rodillas! Y se confesó con tanto dolor y
tanta con­trición -cuenta el Padre Miguel- que las lágrimas rodaban de sus ojos,
del tamaño de un aguacate… Y yo, que no puedo ver llorar sin enternecerme,
¡dejaba caer también unas lágrimas (…) que caían al suelo y volvían a rebotar
en el techo!

El coche Essex y una bomba en Chapultepec

Al final del periodo de gobierno de Plutarco Elías Calles, aumenta el
descontento por la persecución y las vejaciones contra los católicos van en
aumento. Después de las elecciones es reelegido Álvaro Obregón.

La tarde del domingo 13 de noviembre de 1927 un coche, modelo Essex,
manejado por un joven bien vestido, se detiene y recoge a un obrero que se
acomoda en el asiento trasero. En el coche hay otros dos hombres. Se dirigen a
la estación del ferrocarril, pues Obregón llega a la ciudad de México. Mientras,
los demás que van en el coche, escuchan atentos un rá­pido informe que les da
uno de ellos.

Después de ser saludado con aplausos y pancartas, el general Obregón
sube a un coche muy bien protegido. Después de comer, planea asistir a una
corrida de toros, y, como hay tiempo antes de la lidia, se pasea en su automóvil
por la avenida principal del Bosque de Chapultepec. El otro automóvil, que le ha
ido siguiendo desde la mañana acelera de repente la marcha, se le pone a la
misma distancia, y de la ventanilla lanzan una bomba hacia el Cadillac del
Presidente electo. En el incidente muere uno de los tripulantes del Essex por el
tiroteo de los guardaespaldas y aunque los tripulantes abandonan al carro y al
herido y corren, el obrero tiene el traje manchado de sangre y le descubren de
inmediato.

El General Obregón recibe sólo heridas leves, pero está enfurecido y a
gritos exige que se pague cara la fechoría. No se logra saber quiénes son los
demás autores del atentado, pero hay que buscar una víctima. Alguien dice que,
al parecer, uno de los hermanos de Miguel Pro es propietario del automó­vil y
por ello se les inculpa como cómplices.

"Nos veremos en el Cielo…"

El día 18 de noviembre a las cuatro de la mañana los ladridos de un
perro asustado despiertan a los moradores de la casa. Son varios agentes
seguidos de un grupo de veinte soldados, armados hasta los dientes, que golpean
con las cula­tas la puerta. Allí vive la familia Pro. Traen orden de aprensión
para Miguel, y sus hermanos Roberto y Humberto. Antes de sa­lir se lleva un
crucifijo y un rosario.

Aunque Miguel no ha tenido nada que ver con el atentado, no le valen
de nada sus declaraciones. Pasa cinco días en los helados sótanos de la
Inspección de Policía, donde a ratos reza con uno de sus hermanos, se cuentan
chistes y se calien­tan dándose golpes, pues hace un frío
horrible.

Después de un juicio mal hecho y con prisas, el 23 de noviembre por la
mañana el general Roberto Cruz hace formar la tropa en la inspección de Policía.
Desde la anoche anterior hace venir fotógrafos y reporteros de la prensa como si
se tratara de una fiesta. Toda la zona está rodeada de una silenciosa multitud
que lo intuye todo. En las celdas oran los deteni­dos, presintiendo algo grave.
De pronto los guardias ordenan al padre Pro que salga.

Roberto su hermano le dice, como queriendo dar la última oportunidad a
la esperanza: -Nos veremos afuera. Nos van a poner en libertad.

Miguel le estrecha muy fuerte la mano y con la gar­ganta engarrotada
sólo puede decir:

-No Roberto, nos veremos en el Cielo. Me van a fusilar.

Al llegar al punto donde se tienen las ejecuciones, un detective se
acerca al sacerdote y le dice:

-Perdóneme, Padre.

-No sólo te perdono sino que te doy las gracias.

De cara al pelotón está Miguel Pro. El sa­cerdote de 29 años, pide
rezar como último deseo. Se arrodilla, baja la cabeza, se santigua y besa el
pequeño crucifijo que lleva en la mano y el rosario. Se levanta y se coloca de
frente. Abre los brazos en Cruz y gri­ta ¡Viva Cristo Rey!, mientras una
descarga ensordecedora ahoga su voz. Un oficial, con un máuser, le dio el tiro
de gracia.

 

Un testigo ocular asegura que, poco antes del fusilamiento, un
sacerdote que celebraba la Misa en el piso alto de una casa cercana, se asomó a
la ventana y dio la absolución al condenado a muerte, además de bendecirlo con
la Hostia Consagrada. El cuerpo del padre Miguel es trasladado a la casa de sus
familiares. Una muche­dumbre creciente se agolpa para rezar ante sus restos y
acompañarlos hasta la sepultura. De la casa de los Pro hasta el Panteón de
Dolores hay unos seis kilómetros. El recorrido por el Paseo de la Reforma es
lento y la tarde es espléndida. Filas interminables de personas ven pasar el
ataúd y aproximadamente unas 30,000 personas forman el cortejo. A hombros de
varios sacerdotes llega el cadáver hasta la fosa.

Ya en el lugar del enterramiento, en medio de la apretadísima
multitud, muchas mujeres, envueltas en sus velos negros, rezan y cuchichean. Se
dicen las oraciones de costumbre y luego hay oradores que quieren también
sepultar con Miguel unas últimas palabras de homenaje. Antes de cerrar la tumba,
un anciano se acerca con dificultad. Todos le dejan libre el paso, mirándole con
ternura y gran respeto. Es el padre de Miguel Pro, el viejo minero de Zacatecas,
que va a echar el primer puñado de tierra en la fosa recién
abierta.

Al acabar el rito, se oye una voz lejana que entona un canto conocido.
La multitud emocionada corea, en volumen creciente, esta letra:

Reine Jesús por siempre,
reine su
corazón,
en nuestra patria, en nuestro suelo,
que es de María la
nación.

Un hombre simpático y moderno

Miguel Agustín Pro nos deja, envuelta en su natural simpatía, un vivo
y fresco ejemplo de optimismo, de coraje, de sacerdote entero, hombre entrón,
muy mexicano… y decidido, que amó apasionadamente a Dios y a todos los
hombres: para ellos, para cada uno que pasara a su lado, era su tiempo, era su
vida sin reservas. No era posible estar junto a él y quedarse indiferente.

Acabó su vida como siempre la vivió y la habría querido terminar:
gene­rosamente, con alegría para darlo todo y sin quedarse con nada. Su vida de
apóstol sacrificado e intrépido estuvo inspirada siempre por un incansable afán
evangelizador. Ni los sufrimientos, ni las graves enfermedades, ni la agotadora
actividad ministerial, ejercida frecuentemente en circunstan­cias penosas y
arriesgadas, pudieron sofocar el gozo irradiante y comunica­tivo que nacía de su
amor a Cristo y que nadie le pudo quitar. En efecto, la raíz más honda de su
entrega abnegada fue su amor apasionado a Jesu­cristo y su ardiente deseo de
configurarse con él, incluso en su muerte".

Años después los restos de Miguel fueron trasladados a la parroquia de
la Sagrada Familia de la Colonia Roma, en esta ciudad. Todavía en el cráneo
podían verse los orificios de los tiros de gracia dados en su ejecución. Y una
parte pequeña de sus huesos se depositó debajo del altar mayor de la Basílica de
Guadalupe. En mejor lugar no podían estar.
 

 

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