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TOISON DE ORO II

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EL TOISON DE ORO  II

A partir de 1960, por su parte, don Juan concedió esta divinidad al rey Balduino de los Belgas, al rey Pablo de los Helenos, al duque Roberto de Parma, al rey Constantino II y al hoy Infante de España Don Carlos, duque de Calabria y jefe de la Casa Real de las Dos Sicilias. Intentando un acercamiento al jefe del Estado, el conde de Barcelona escribió en 1961 ofreciendo tan preciado galardón a Francisco Franco, quien declinó el honor, aconsejándole que se asesorase en aquella materia. Poco después, expreso a su ayudante, Franco Salgado Araujo, su convencimiento de que Don Jaime ostentaba la jefatura de la Orden.

En 1972, el hijo y heredero de don Jaime, don Alfonso, se casó con la nieta de Franco; para solemnizar el enlace, don Jaime decidió conceder el Toisón de Oro a su primogénito y al propio general. Éste, al igual que hiciera años antes con don Juan, rechazó el ofrecimiento  devolvió al infante el estuche con las insignias, sin lucirlas jamás. Se dice que en ello fue determinante la amenaza del la infanta Doña Cristina invitada a la boda, de abandonar la capilla si Franco portaba el collar en la ceremonia.

 

Don Alfonso sólo mantuvo las pretensiones francesas, titulándose duque de Anjou, dignidad que, a su desaparición, heredó su hijo Luis Alfonso. Don Alfonso en sus memorias publicadas en 1983 dijo al respecto: ?Aun estando de acuerdo con mi padre en cuanto a que la Orden del Toisón de Oro es en su origen una Orden Exclusivamente familiar, creo también que , con el tiempo y por su historia, se ha convertido en una Orden de Estado y que en este sentido debe estar unida exclusivamente a quien ostente, de forma personal y de hecho, la titularidad de la Corona. Así, el Rey de España deberá ser siempre su Soberano.?

En cuanto a Don Juan, cesaron los nombramiento en 1964 y, tras la subida al trono de su hijo Don Juan Carlos I, en 1975, no se produjo nominaciones hasta después del 14 de mayo de 1977, fecha de la renuncia de sus derechos por el conde de Barcelona. Con Juan Carlos se ha limitado a conceder el collar a eximios servidores de la monarquía (el marques de Mondejar, Torcuato Fernández Miranda, José María Pemán y el duque de Alburquerque); junto a ellos sólo lo ha otorgado al Príncipe de Asturias y a los monarcas reinantes del mundo, casi en su totalidad.

Algunas curiosidades se pueden decir al respecto a las insignias de estos personajes. Por ejemplo, el collar del emperador Aki Hito del Japón fue robado cuando volaba hacía España con motivo de una visita oficial, sin que haya reaparecido, mientras que el de su padre, Hiro Hito, se perdió en el transcurso de un bombardeo en Tokio durante la Segunda Guerra Mundial. La reina de Gran Bretaña sólo recibió de nuestra Casa Real unas pequeñas veneras de la orden, preciosas joyas, pero no el collar, pues el que recibiera e depósito su abuelo, Jorge V, no se había devuelto al soberano de la orden (el rey Jorge falleció en 1936 y no quedaba claro en esa fecha a la Casa Real británica quién era el legitimado para recibirlo), por lo que se optó por mantener aquel depósito en la persona de Isabel II. Algo parecido ocurrió en el caso de Carlos XVI Gustavo de Suecia, cuya dinastía no había devuelto el collar de su bisabuelo, Gustavo V. Sin embargo, la prensa de la época ha informado puntualmente de la devolución de los collares de Fernández Miranda y de Pemán, aunque las familias respectivas conservan, como es lógico, las restantes insignias en ocasiones regalo diferentes miembros de la Familia Real.

Además de los collares numerados que se conservan, mientras están vacantes, en el Palacio de La Zarzuela y, ocasionalmente, en el Palacio Real, hay collares e insignias del Toisón de Otro en diversos museos y colección de todo el mundo, de los que podemos citar algunos ejemplos. Uno de los más antiguos, seguramente contemporáneo de Felipe II, se conserva en el Museo de Praga; la catedral de Cuenca conserva un Toisón con brillantes (junto a insignias de las órdenes de Cristo, de San Genaro y de Carlos III), la Cámara de los Diamantes del Kremlin moscovita custodia otro, de topacios de Brasil, muy de moda en el primer tercio del siglo XIX; la colección británica cuenta con piezas exquisitas desde mediados de la misma centuria; el Museo de la Legión de Honor, de París, exhibe el vellocino extraordinario, el del príncipe Luis Napoleón, Hijo de Eugenia de Montijo; el Topkapi de Estambul guarda el que poseyó el sultán abdul Hamid; el Museo Naval de Madrid conserva un collar de los llamados de alivio, que perteneció a Alfonso XII, y el Museo del Palacio de Ajuda, en Lisboa, se enorgullece con varios, particularmente el de Juan VI de Portugal, pieza de gran valor material y artístico.

Desgraciadamente, no ha llegado hasta nosotros el Toisón regalado por Carlos III a la catedral de Toledo sustraído, junto con otras piezas de procedencia regia, por orden de José Giral Pereira, presidente del Consejo de Ministros, el 4 de septiembre de 1936, el mismo día que cesaba en este cargo para pasar a ocupar el de ministro sin cartera. Sí se conserva el que ofrendó en usufructo Isabel II en 1854, a la virgen de Atocha. Compuesto de 62 eslabones, ese collar de oro que mide 1335 mm más 44 de vellocino, fue realizado en el mencionado año por el platero-diamantista de Cámara, Narciso Soria, según se desprende de los contrastes que ostenta, y no presenta ninguna particularidad respecto de lo prescrito en los estatutos de la orden para los collares ordinarios. Diña Isabel II, en su calidad de soberana de la insigne orden, iluso este collar a Nuestra Señora de Atocha, en un acto secreto, según dice textualmente el acta oficial levantada el 23 de marzo, en presencia de su esposo y de su hija primogénita, del primado de España, Juan José Tonel y Orbe, del patriarca de las Indias, Tomás Iglesias y Barcones y de otras personalidades.
Resulta verdaderamente notable que el documento recoja el dato de que el collar fue impuesto por Isabel II por haberle sido concedido a esta imagen el Toisón por el rey Don Felipe IV, acontecimiento sin precedentes conocidos y sin ejemplos posteriores similares, pues supondría que el rey habría otorgado esta dignidad a la Virgen Santísima. En la misma ocasión se impusieron a la Virgen el collar y la placa de la Gran Cruz de la Orden de Carlos III. En este caso, la reina expresó su voluntad de que estas insignias ?sirviesen solo para el uso de Nuestra Señora de Atocha, reservándose, para si, sus hijos o sucesores el derecho de propiedad con cláusula de reversión en el caso de que por algún acontecimiento no pudiesen servir para ornato y culto de la Santísima Virgen?.

Además de los collares numerados que se conservan, mientras están vacantes, en el Palacio de La Zarzuela y, ocasionalmente, en el Palacio Real, hay collares e insignias del Toisón de Otro en diversos museos y colección de todo el mundo, de los que podemos citar algunos ejemplos. Uno de los más antiguos, seguramente contemporáneo de Felipe II, se conserva en el Museo de Praga; la catedral de Cuenca conserva un Toisón con brillantes (junto a insignias de las órdenes de Cristo, de San Genaro y de Carlos III), la Cámara de los Diamantes del Kremlin moscovita custodia otro, de topacios de Brasil, muy de moda en el primer tercio del siglo XIX; la colección británica cuenta con piezas exquisitas desde mediados de la misma centuria; el Museo de la Legión de Honor, de París, exhibe el vellocino extraordinario, el del príncipe Luis Napoleón, Hijo de Eugenia de Montijo; el Topkapi de Estambul guarda el que poseyó el sultán abdul Hamid; el Museo Naval de Madrid conserva un collar de los llamados de alivio, que perteneció a Alfonso XII, y el Museo del Palacio de Ajuda, en Lisboa, se enorgullece con varios, particularmente el de Juan VI de Portugal, pieza de gran valor material y artístico.

Desgraciadamente, no ha llegado hasta nosotros el Toisón regalado por Carlos III a la catedral de Toledo sustraído, junto con otras piezas de procedencia regia, por orden de José Giral Pereira, presidente del Consejo de Ministros, el 4 de septiembre de 1936, el mismo día que cesaba en este cargo para pasar a ocupar el de ministro sin cartera. Sí se conserva el que ofrendó en usufructo Isabel II en 1854, a la virgen de Atocha. Compuesto de 62 eslabones, ese collar de oro que mide 1335 mm más 44 de vellocino, fue realizado en el mencionado año por el platero-diamantista de Cámara, Narciso Soria, según se desprende de los contrastes que ostenta, y no presenta ninguna particularidad respecto de lo prescrito en los estatutos de la orden para los collares ordinarios. Diña Isabel II, en su calidad de soberana de la insigne orden, iluso este collar a Nuestra Señora de Atocha, en un acto secreto, según dice textualmente el acta oficial levantada el 23 de marzo, en presencia de su esposo y de su hija primogénita, del primado de España, Juan José Tonel y Orbe, del patriarca de las Indias, Tomás Iglesias y Barcones y de otras personalidades.
Resulta verdaderamente notable que el documento recoja el dato de que el collar fue impuesto por Isabel II por haberle sido concedido a esta imagen el Toisón por el rey Don Felipe IV, acontecimiento sin precedentes conocidos y sin ejemplos posteriores similares, pues supondría que el rey habría otorgado esta dignidad a la Virgen Santísima. En la misma ocasión se impusieron a la Virgen el collar y la placa de la Gran Cruz de la Orden de Carlos III. En este caso, la reina expresó su voluntad de que estas insignias ?sirviesen solo para el uso de Nuestra Señora de Atocha, reservándose, para si, sus hijos o sucesores el derecho de propiedad con cláusula de reversión en el caso de que por algún acontecimiento no pudiesen servir para ornato y culto de la Santísima Virgen?.

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