Queremos que pruebes las mejores hojaldras de Puebla, por ello te preparamos esta lista para que acudas al lugar más cercano. Mostovoi Ubicación: San Andrés Cholula en la Av. 5 de mayo entre 8 y 6 oriente. Esta panadería de Cholula tiene un pan que te enamorará, y su pan de muerto todavía más. Además un plus increíble que tiene este lugar es que no solo puedes comprar pan, también puedes desayunar o comer y de postre una hojaldra con […]
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]]>Ubicación: San Andrés Cholula en la Av. 5 de mayo entre 8 y 6 oriente.
Esta panadería de Cholula tiene un pan que te enamorará, y su pan de muerto todavía más. Además un plus increíble que tiene este lugar es que no solo puedes comprar pan, también puedes desayunar o comer y de postre una hojaldra con chocolate caliente.
Ubicación: Calle Aljojuca 2, La Paz, 72160 Puebla.
Conoce Bon Pane, una panadería gourmet en la que encontrarás una muy, muy amplia variedad de productos, puedes elegir de entre un montón de pan, pasteles y obvio el pan de muerto no podía faltar. Aquí te manejan hojaldras rellenas, normales, de ajonjolí, de azúcar y de muchos tamaños.
Ubicación: San Martin Texmelucan 14, La Paz, 72160 Puebla, Pue.
Esta panadería tradicional poblana es sin duda una de las mejores, y su pan de muerto definitivamente tenía que estar entre en nuestra lista de lo que no puedes dejar de probar, pues con azúcar o ajonjolí.
Ubicación: La Paz, 43 Poniente, Sonata, San Andrés Cholula
Está es la mejor panadería boutique europea de todo Puebla, todo el pan es preparado con una receta auténtica europea y en esta temporada sus hojaldras están muy a la mexicana y su sabor es espectacular.
Ubicación: Av. Manuel Espinosa Yglesias 2002, Mirador, 72530 Puebla, Pue.
Una panadería que se caracteriza por siempre tener en exhibición deliciosas conchas recién horneadas y la auténtica torta de agua, pero en esta temporada también es famosa por sus hojaldras, de verdad no te las puedes perder, pues tienen todo el sabor del pan dulce mexicano en un solo lugar.
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]]>Varios de los hornos se establecieron en el barrio de Analco, y eran una de las manufacturas en las que intervinieron libremente los indígenas.
Las tradicionales cemitas fueron uno de los tipos populares de pan y en la actualidad siguen elaborándose casi de la misma forma.
El horno de cemitas tiene su sala de amasijo y peso; ya acomodadas, las piezas se espolvorean con ajonjolí. Los panes, sobre láminas, se meten al horno mediante grandes palas de madera.
Una vez cocidos se sacan y se ponen a enfriar sobre la dura piedra de las salientes del mismo horno. Este pan era uno de los más baratos de la ciudad y junto con el panbazo se expendía en la plaza pública, donde se le podía ver acomodado en canastos repletos. Allí, los cemiteros lo preparaban abriéndolo y rellenándolo de queso de rancho, aguacate criollo, cebolla y pápalo. Se le añadía también barbacoa, pollo o pata de puerco encurtida con sus chiles jalapeños o chipotles.
Su preparación es sin duda una popular tradición poblana.
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]]>El virrey estaba en Puebla de los Ángeles y todos los conventos y beaterios le habían mandado guisos extraordinarios para su mesa, pero del convento de santa Rosa aún no le habían enviado nada.
Todas las monjas envolvían en miradas a Sor Andrea de la Asunción, que poseía las pulidas manos de ángel para aderezar los manjares, pero a Sor Andrea no se le ocurría ningún portento.
Sor Andrea con alma gozosa a la cocina, refulgente de azulejos, y aderezaba suculentas, esplendorosas maravillas. “También el Señor anda por los pucheros”, dijo la Santa Madre Teresa de Jesús.
Sor Andrea de la Asunción era exquisita maestra en todas las refinadas artes de la gula; había hecho excelsas invenciones, en que, sin duda, ángeles y querubines pusieron el celeste milagro de sus manos; aquellas calabacitas en nogada; aquel estupendo almendrado de carnero, aquel salmorejo de carne de puerco; aquella fragante carne también de puerco en granadino y la misma en envinado de piña; aquellos sublimes frijoles refritos de ocho cazuelas, y los suculentos pichones a la criolla y los pichones tapados y los de príncipe enyervados, con toda una larga gama de sabores. Todo esto era para morirse delicadamente de dicha.
¿Y qué decir de sus gloriosos potajes, en los que estaban vivos los siete dones del Espíritu Santo, y de sus insignes empanadillas de afiligranados y prolijos repulgos, rellenas ya de sesos con tomate o de picadillos maravillosos, y de su insuperable pipián de almendras, y de su estofado, y de su adobo magistral en salsa de la buena mujer, y de su carne de cerdo en caldo de ángeles, y de su mancha manteles, y de su conspicuo empiñonado de gallina, en el que intervenía directamente Nuestra Señora la Virgen María?.
Las monjas de Santa Rosa sabían a diario lo que enviaban al señor virrey, estaban mansamente desesperadas, llenas de consternada tristeza.
Sor Andrea de la Asunción quería mandar a su Excelencia un plato exquisito, delicioso, en que estuviera el espíritu de México palpitando en toda su finura graciosa; De pronto empezó a sentir Sor Andrea un suave zumbido interior que a veces se transformaba en una delgada voz que le decía con claridad, lo que deseaba.
¿Qué rico guisado iría a descubrir Sor Andrea de la Asunción? “El descubrimiento de una vianda nueva importada más para la felicidad del género humano que el descubrimiento de una estrella”, escribe el maestro Brillas Savarín. Todo el convento de Santa Rosa temblaba en una dulce angustia, esperando la dicha de aquel nuevo manjar.
Pasó Sor Andrea el domingo de quincuagésima queriendo fijar aquellas leves hablas interiores, aquel runrún misterioso con que zumbaba en su alma de abeja de la gracia. El lunes Sor Andrea se fue rápida hacia la cocina; llevaba ya encendida una gran idea.
Le palpitaba la cruz del pecho; una sonrisa inefable se le difundía, iluminandole el rostro; resplandecían con su santo regocijo sus grandes ojos aterciopelados. Entró en la cocina. Los azulejos del techo de tres bóvedas, blancos, y cada uno con el temblor de una lucecita; Los azulejos le sonreían con sus reflejos numerosos y claros; las cacerolas, los peroles y cacharros de cobre pulido y repulido la reflejaron con cariño, felices de tenerla entre cada uno, blanca y mínima. Sor Andrea, pensativa, se acercó al fogón. Ya iba a florecer la gracia de lo maravilloso. Le iba a dar Sor Andrea el arte culinario de México nuevas e insignes perfecciones.
La tarde anterior había mandado matar Sor Andrea un guajolote que engordaron en el convento con nueces, castañas y avellanas, y que destinaban para guisárselo al señor obispo. En una bandeja estaban ya cortadas las piezas, Inspirada cogió Sor Andrea de un pote vidriado chile ancho; de otro, chile mulato; de una caja michoacana, negra y rameada, sacó chile chipotle; y de otra hizo una cuidadosa y nimia selecci.
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