?Recibí esta palabra del
Señor: -Y tú, hijo de hombre, juzga a la ciudad sanguinaria. Échale en
cara sus horribles acciones. Dirás: Esto dice el Señor: ¡Ay de la
ciudad que mata a sus propios habitantes para acelerar su destrucción?
Por la sangre que has derramado te has hecho culpable? has adelantado
tu hora, has llegado al fin de tu existencia-?. Estas palabras del
profeta Ezequiel (22,1-4) sacuden profundamente la conciencia de los
habitantes del Distrito Federal al cumplirse un año de la aprobación de
la ley abominable y homicida del aborto, que ha provocado el impune y
cobarde asesinato de 7 mil 776 niños en el vientre de sus madres.
A la opinión pública no se le
olvida el vergonzoso mayoriteo de los asambleístas que se negaron a
abrirse al debate serio y plural, y que, con absoluta prepotencia y
desprecio, privaron a los ciudadanos -pese a que estos reunieron las
firmas que marca la ley local- del derecho a un referendo, que
seguramente hubiera rechazado la aprobación de una ley del todo inmoral
e inicua, como lo demostró una encuesta de la Comisión Nacional de
Derechos Humanos en la que quedó claro que la mayoría de los mexicanos
(más del 70 por ciento) está a favor de la vida y en contra de la
carnicería cruel del aborto.
Resulta sorprenderte que las
autoridades capitalinas, lejos de hacer un balance serio de la
aprobación de esta ley -a la que Mons. Felipe Arizmendi justamente
calificó de hitleriana-, se jacten de haber hecho posible, por cierto
con mucha eficiencia, el asesinato cobarde de más de siete mil niños,
sin mencionar las secuelas morales, físicas y espirituales de las
mujeres que abortaron y de quienes, traicionando su vocación, practican
estos asesinatos.
Es cierto que todavía falta la
decisión de la Suprema Corte de Justicia, que esperamos sea a favor de
la vida de los niños que no pueden defenderse. Pero si la decisión es
la legalización de esta ley homicida, debe quedar muy claro que la
Suprema Corte no podrá hacer moral, con una decisión legal, lo que de
suyo es absolutamente criminal, pues contradice la ley de Dios que está
sobre cualquier ley humana y que grita desde lo más profundo de nuestra
conciencia: ¡No matarás!
Los católicos debemos pedir a
Dios que ilumine a los jueces de la Suprema Corte, para que tomen una
determinación justa a favor de la vida, y por la conversión de aquellos
que se enorgullecen de lo que deberían avergonzarse y actúan como
enemigos de la Cruz (ver Fil 3-17), cuando se jactan de que en nuestra
ciudad se haya asesinado a miles de niños y luchan porque en todo el
país se haga legal la carnicería contra vidas inocentes.
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Copio unas palabras de un sacerdote, dirigidas a quienes le seguían en su empresa apostólica: "cuando contempléis la Sagrada Hostia expuesta en la custodia sobre el altar, mirad qué amor, qué ternura la de Cristo.
Yo me lo explico, por el amor que os tengo; si pudiera estar lejos trabajando, y a la vez junto a cada uno de vosotros, ¡con qué gusto lo haría!
Cristo, en cambio, ¡sí puede! Y El, que nos ama con un amor infinitamente superior al que puedan albergar todos los corazones de la tierra, se ha quedado para que podamos unirnos siempre a su Humanidad Santísima, y para ayudarnos, para consolarnos, para fortalecernos, para que seamos fieles". (Forja, 838)
Las manifestaciones externas de amor deben nacer del corazón, y prolongarse con testimonio de conducta cristiana. Si hemos sido renovados con la recepción del Cuerpo del Señor, hemos de manifestarlo con obras. Que nuestros pensamientos sean sinceros: de paz, de entrega, de servicio.
Que nuestras palabras sean verdaderas, claras, oportunas; que sepan consolar y ayudar, que sepan, sobre todo, llevar a otros la luz de Dios. Que nuestras acciones sean coherentes, eficaces, acertadas: que tengan ese bonus odor Christi, el buen olor de Cristo, porque recuerden su modo de comportarse y de vivir. (Es Cristo que pasa, 156)

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Hace cinco años, el 6 de octubre de 2002, ante una abigarrada muchedumbre de personas procedentes de todo el mundo, Juan Pablo II proclamó la santidad de Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Al día siguiente, en la audiencia celebrada en la Plaza de San Pedro para los asistentes a la canonización, definió a San Josemaría como el santo de lo ordinario. Con esta expresión sintetizaba el núcleo del mensaje que este sacerdote fiel había predicado: las actividades comunes ?la vida familiar, el trabajo profesional, las relaciones sociales? son senda que conduce al Cielo, si se camina con los ojos puestos en Dios y con deseos de ayudar al prójimo.
He tenido la fortuna ?don de Dios lo considero? de ser testigo directo, durante un cuarto de siglo, de la solicitud de San Josemaría por ayudar a muchas personas a superar la fractura entre la vida de fe y la existencia ordinaria. Desde el comienzo del Opus Dei, el 2 de octubre de 1928, enseñó que todas las realidades humanas nobles, en cuanto queridas por Dios y asumidas por Jesucristo en la Encarnación, pueden ser camino de santidad. «Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir» (Homilía Amar al mundo apasionadamente, 8-X-1967). Lo transmitía ?a nivel teológico o en forma de consejo práctico? a mujeres y a hombres de los más diversos ámbitos profesionales y sociales, en conversaciones personales o en encuentros multitudinarios, como en la homilía que acabo de citar, predicada ante más de veinte mil personas en el campus de la Universidad de Navarra.

Fundir vida de fe y vida ordinaria es cuestión de amor. Cuando el amor a Dios es la causa de las acciones del cristiano, resulta natural comenzar, llevar a cabo y concluir las actividades con el pensamiento puesto en el Señor. La fábrica, la oficina, la biblioteca, el laboratorio, el taller, las paredes domésticas, se transforman entonces en escenario del diálogo entre el Creador y la criatura, entre un Padre que ama con locura a sus hijos, y un hijo o una hija que se saben queridos por Dios. Todo se convierte en materia de oración. Asimismo, cuando se cultiva un verdadero amor al prójimo, se siente la llamada a impregnar con el bálsamo de la caridad las relaciones familiares, sociales y profesionales.
Es un mensaje plenamente actual, y singularmente importante en estos momentos en los que, por un lado, se desconfía de las ideologías y, por otro, se experimentan una vez más las consecuencias negativas de acciones guiadas por la lógica del interés o del poder. La caridad cristiana no consiste jamás en algo instrumental, no busca obtener otros objetivos: el amor es gratuito. Vivir la caridad en la vida ordinaria, dice San Josemaría, reclama «corazón grande, sentir las preocupaciones de los que nos rodean, saber perdonar y comprender: sacrificarse, con Jesucristo, por las almas todas» (Es Cristo que pasa, n. 158).
Como ha recordado Benedicto XVI en su primera encíclica, la caridad constituye la opción fundamental de la vida del cristiano. En el quinto aniversario de la canonización de San Josemaría Escrivá, el corazón y la mente se me van también a tantos fieles y cooperadores de la Prelatura del Opus Dei que, junto con amigos y colegas, gastan sus vidas en iniciativas sociales y asistenciales de honda entraña cristiana, en países de los cinco continentes. Siguen de este modo las huellas de la magnanimidad con la que San Josemaría impulsó tantas obras de evangelización y de promoción humana en favor de los más pobres, como recordó Juan Pablo II en su discurso al día siguiente de la canonización. Algunas de esas actividades nacieron justamente para celebrar aquel evento eclesial, con el estilo que hubiera gustado a San Josemaría: es el caso del centro de cuidados paliativos Laguna (en Madrid) o del proyecto de promoción educativa Harambee, destinado a poner en marcha tareas de interés social en países del África subsahariana. Cinco años después, los frutos producidos por estas labores se multiplican de día en día, tanto en quienes las promueven como entre quienes se benefician de ellas.

Con todo, la llamada a ejercitar la caridad cristiana se demuestra igualmente acuciante para quien no se dedica intensamente o exclusivamente a actividades de tipo asistencial. La caridad no se queda en una virtud teórica, y en la vida cotidiana resulta inseparable del cariño humano: «No poseemos ?señalaba San Josemaría? un corazón para amar a Dios, y otro para querer a las criaturas: este pobre corazón nuestro, de carne, quiere con un cariño humano que, si está unido al amor de Cristo, es también sobrenatural. Ésa, y no otra, es la caridad que hemos de cultivar en el alma» (Amigos de Dios, n. 229).
En este tiempo desgraciadamente rico en conflictos ?a nivel familiar, nacional e internacional?, urge subrayar que poner en práctica la caridad en la vida ordinaria significa, en gran medida, ofrecer y aceptar perdón. El perdón abre la única vía posible para convertir un campo de batalla en un lugar de cooperación solidaria. Ejercitarse en la comprensión, en el perdón dado y recibido, supone ciertamente un camino fatigoso, en el que siempre se precisa recomenzar; pero traza un sendero que alimenta la esperanza. Y al contrario, cuando falta una cultura del perdón se hace difícil mantener la familia unida, trabajar por un objetivo común en la vida ciudadana, sembrar paz y alegría en las relaciones internacionales.

Para el cristiano, además, la caridad constituye el lenguaje más adecuado para transmitir la fe. Como enseña Benedicto XVI: «El amor, en su pureza y gratuidad, es el mejor testimonio del Dios en el que creemos» (Deus Caritas est, n. 31). La evangelización nunca es mera comunicación intelectual. El descubrimiento de las riquezas de la fe va precedido no pocas veces por un encuentro personal: muchos se acercan a Jesucristo, en un contexto de libertad, cuando perciben el cariño de los cristianos. En este sentido, amar a los otros en la vida diaria, con manifestaciones concretas, nos revela un modo de conocer y de darse a conocer. Por eso San Josemaría afirmaba que la evangelización es tarea propia de personas con el corazón grande y los brazos abiertos.
El Concilio Vaticano II declaró que uno de los más graves errores del mundo moderno consiste precisamente en el divorcio entre la fe y la vida diaria (cfr. Gaudium et spes, 43). Cinco años después de la canonización de San Josemaría, el santo de lo ordinario, suplico a Dios que, por su intercesión, nos ayude especialmente a los cristianos a unir en nuestra alma el amor a Dios con el cariño a nuestros hermanos y hermanas, a todas las mujeres y a todos los hombres: que nos sostenga en nuestro empeño por iluminar cada una de nuestras jornadas con el resplandor de la caridad.
+ Mons. Javier Echevarría
Prelado del Opus Dei



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Carlos Villa Roiz
Este 21 de septiembre se cumplirán 15 años del inicio de las relaciones diplomáticas entre México y la Santa Sede, acontecimiento que por su importancia no se limita a ser una relación bilateral más, puesto que por las características históricas de nuestro país tiene relevancia internacional, en el marco del avance hacia la democracia, la tolerancia y el respeto a los derechos humanos.
La vocación religiosa del pueblo mexicano encuentra sólidas raíces en Mesoamérica y después de 1521, el celo evangelizador encaminó la cultura hacia el cristianismo, al punto que José María Morelos, en ?Sentimientos de la Nación?, la declaraba como ?única sin tolerancia de otra?.
Al alcanzar México la independencia nacional, el blanco de nuestra bandera quedó simbolizando la pureza de la religión católica, no obstante, la Santa Sede no reconoció inmediatamente nuestra soberanía lo que acentuó las diferencias entre liberales y conservadores.
En Congreso de 1824 mantuvo como oficial la religión católica y el Papa León XII, quien felicitó al pueblo por ser fiel a la Iglesia, pero no reconoció al nuevo gobierno, presionado por diplomáticos españoles.
A la muerte de León XII, el nuevo papa Pío VII tuvo un breve reinado en el que comenzaron gestiones para que designara obispos para nuestra patria, pero sería el presidente Anastasio Bustamante quien buscó la reconciliación eficaz tanto con España como con la Santa Sede, de modo que el papa Gregorio XVI nombró 6 obispos para México, destinados a Linares, Michoacán, Durango, Chiapas, Puebla y otras diócesis.
El gobierno mexicano inútilmente trató de conservar los privilegios eclesiales de España, como el Patronato que permitía designar cargos sin la necesidad de pedirle al Vaticano su anuencia anticipada. Con la pérdida de territorios, las posturas de liberales y conservadores se agudizaron y en estos vaivenes de la historia, se extinguieron corporaciones religiosas como los Camilos y casi desaparecieron los Carmelitas, Mercedarios y otras más.
La Constitución de 1857 asentó duros golpes a la Iglesia en México sin que por ello disminuyera la fe de sus habitantes. La libertad de enseñanza marcó un camino democrático, ciertamente, y desde esta perspectiva, la Reforma abrió las puertas al Estado Laico, si bien, en varios puntos, se procedió en contra de la propia Iglesia.
La etapa porfirista y luego la Revolución, trajo consigo al primer mártir mexicano de los tiempos modernos: San David Galván, sacerdote fusilado tras haber cumplido con su deber de asistir espiritualmente a los heridos en una batalla entre villistas y carrancistas, en las afueras de Guadalajara.
Tras un millón de muertos en los ensangrentados campos de México, la Constitución Política de 1917 plató los cimientos para una paz más justa y duradera, sin embargo, también contenía algunos puntos que dañaban la misión evangélica de la Iglesia, lo que derivó, en pocos años, en una nueva guerra fraticida conocida como La Cristiana, que tuvo los episodios más violentes entre 1926 y 1929, lo que arrojó miles de muertos en todos los frentes.
Durante este tiempo, el Episcopado Mexicano decidió cerrar los templos para proteger a los fieles, pues la Ley Calles trajo consigo medidas coercitivas y punitivas que derivaron en auténticas persecuciones.
Tras los acuerdos de paz de 1929 que dieron formal fin a este conflicto, las relaciones entre el Estado y la Iglesia mejoraron, pero siempre estuvo latente el lastimoso hecho de que en un país de gran mayoría católica, no existieran relaciones con la Santa Sede.
En tiempos del papa Juan Pablo II, desde su primer viaje pastoral, en enero de 1979, quedó de manifiesta la voluntad mutua de comenzar las relaciones bilaterales.
México reformó en 1992 el marco jurídico que regía a las Iglesias y se aprobó una nueva ley reglamentaria para las Asociaciones Religiosas. La discusión de estas reformas se hizo sobre el respeto de tres premisas fundamentales: 1) separación entre el Estado y las Iglesias; 2) educación laica y; 3) libertad de creencias.
Las reformas realizadas a la Constitución comprenden varios Artículos: 3, 24, 27, y 130. de modo que el Estado laico garantiza el respeto de la libertad de creencias y la actuación de las agrupaciones religiosas en México.
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]]>la llamada se puede escuchar a cualquier edad.


Luis Gonzaga era el mayor de los hijos del príncipe imperial italiano Ferrante Gonzaga, Marqués de Castiglione delle Stiviere. Don Ferrante puso todos los medios para que su hijo Luis fuese un prestigioso militar como él. En 1577, cuando tenía nueve años, lo llevó con su hermano Rodolfo a Florencia, dejándolo a cargo de varios tutores. Obligado por su rango a presentarse con frecuencia en la corte del gran ducado, Luis se encontró mezclado con aquellos que, según la descripción de un historiador de la época, "formaban una sociedad para el fraude, el vicio, el crimen, el veneno y la lujuria en su peor especie".
A Luis le atraían mucho las aventuras militares, así como las posibilidades que le ofrecía el hecho de ser el primogénito y heredero de tan importante familia. Sin embargo, desde muy joven comprendió que había un ideal más grande y que requería más valor y virtud.
Fue en Montserrat, cuando tenía quince años, donde percibió con claridad en su interior una llamada de Dios. Habló de ello primero a su madre, que aprobó enseguida sus proyectos. Pero en cuanto lo supo su padre, montó en cólera hasta tal extremo que amenazó con ordenar que le azotaran hasta que recuperase el sentido común. Puso a la vocación de su hijo todas las dificultades imaginables, mientras repetía: "¡Mi hijo no será fraile!".
Esperaba que el ambiente cortesano acabaría por conquistarlo, pero el joven Luis volvía siempre tan decidido como al principio. Se sucedieron escenas violentísimas entre padre e hijo. Persistió en su negativa hasta que, por mediación de algunos de sus amigos, acabó accediendo de mala gana a dar su consentimiento provisional. Pero al poco tiempo se reanudaron las discusiones sobre el futuro de Luis. El chico se encontró con nuevos obstáculos a su vocación, pues a la tenaz negativa de su padre se añadió la oposición de la mayoría de sus poderosos parientes ?algunos de ellos eclesiásticos?, que recurrieron a diversas promesas y amenazas para disuadir al muchacho.
Ferrante hizo los preparativos para enviar a su hijo a visitar todas las cortes del norte de Italia y, terminada esta gira, encomendó a Luis una serie de tareas importantes, con la esperanza de despertar en él nuevas ambiciones que le hicieran olvidar sus propósitos. Pero no hubo nada que pudiese doblegar la voluntad de su hijo. Después de haber dado y retirado su consentimiento varias veces, Ferrante capituló por fin. Al recibir el consentimiento imperial para transferir los derechos de sucesión a su hermano Rodolfo, escribió al padre Claudio Aquaviva, general de los jesuitas, diciéndole: "Os envío lo que más amo en el mundo, un hijo en el cual toda la familia tenía puestas sus esperanzas".
Luis partió hacia Roma para ingresar en el noviciado en 1586, cuando tenía dieciocho años. Seis semanas después murió Don Ferrante. Desde el momento en que su hijo Luis abandonó el hogar paterno, aquel hombre había transformado completamente su manera de vivir: el ejemplo de la entrega de su hijo había sido un luz que le hizo mejorar mucho en sus últimos momentos
Al poco de iniciar su vida religiosa, Luis tuvo que sufrir otra difícil prueba: la alegría espiritual que le había dado su fe desde la más tierna infancia, desapareció de pronto. Pero supo ser fiel a su vocación también en esos momentos de oscuridad, que acabaron desapareciendo. Para dejar claro que había abandonado las comodidades propias de su condición social, quiso vivir en la estancia más pobre, un cuarto estrecho debajo de la escalera y con una claraboya en el techo, sin otros muebles que un camastro, una silla y un estante para los libros. Pidió que se le permitiera trabajar en la cocina, lavar los platos y ocuparse en las tareas más materiales de servicio a los demás.

Bastantes santos se han decidido muy jóvenes
Su vida fue muy breve. Murió con fama de santidad en 1591, a los veintitrés años de edad. Pronto fue canonizado, y posteriormente fue proclamado protector de los estudiantes jóvenes y patrono de la juventud cristiana.
"Bienaventurados los que se entregan a Dios para siempre en la juventud", escribió San Juan Bosco pocos días antes de su muerte. La Iglesia ha bendecido
siempre la entrega a Dios en la juventud: una entrega que le ha dado tantos santos. El panorama de los santos de la Iglesia católica nos muestra que la mayoría de ellos se entregaron a Dios siendo jóvenes, muy jóvenes. Basta repasar el santoral para ver que la Iglesia rezuma alegría de juventud, la venera en sus altares y aprende de ella y de su heroísmo. San Bernardo, gran doctor de la Iglesia, fue elegido abad del monasterio cisterciense de Claraval a la edad de veinticinco años. La mayoría de los mártires de Uganda oscilaban entre los quince y los veintidós años. San Estanislao de Kostka murió a los dieciocho, Santa Teresa de Lisieux a los veinticuatro, San Casimiro de Polonia a los veintiséis, Domingo Savio a los catorce, Kateri Tekakwitha ?la primera indígena norteamericana beatificada? a los veinticuatro. Desde luego, si esas vocaciones jóvenes hubieran cedido a la cansina y sempiterna cantinela de que "son demasiado jóvenes para entregarse a Dios", o que "han de esperar a saber más de la vida", o que "han de probar antes otras cosas", ese después no les habría llegado y no tendríamos el ejemplo de su vida santa, que no necesita de muchos años de edad.

Llamados a cualquier edad
Dios llega casi siempre en la juventud, en la hora ordinaria del amor. El primer barrunto puede experimentarse en la niñez o en la adolescencia. Teresa de Lisieux deseó hacerse religiosa desde el primer despertar de la razón, y así lo evoca en sus memorias, cuando relata la ocasión en que, a los quince años, en 1887, un guardia suizo tuvo que arrancarla de los pies de León XIII, al que le insistía audazmente en que la dejase entrar a esa edad en el Carmelo.
Pero no siempre es así. Supongo que la vocación puede llegar a cualquier edad.
Efectivamente, cuando Dios llama, importa poco la edad. Alfonso de Ligorio se decidió a los veintisiete, después de años de brillante ejercicio profesional en el foro; San Agustín se bautizó a los treinta y tres, después de una vida azarosa y turbia; y San Juan de Dios cambió de vida a los cuarenta y dos, tras una existencia aventurera. No existe una"edad perfecta" para la entrega. Dios llama cuando quiere y como quiere. Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para corresponder a su llamada.

La juventud no es un obstáculo
Hace más de veinticinco siglos, Jeremías vivía en Anatot, un pueblecito cercano de Jerusalén, en la finca de sus padres, cuando fue llamado por Dios a ser su profeta. El chico se resistía aduciendo que él era demasiado joven y débil para este oficio tan importante, pero Dios le respondió: "No digas que eres demasiado joven o demasiado débil, porque Yo iré contigo y te ayudaré".
Por eso insistía Juan Pablo II a un grupo numeroso de jóvenes: ¡No tengáis miedo de correr el riesgo de la libertad! ¡No ahoguéis los generosos impulsos del amor que os pide que hagáis, de vuestra vida, un servicio a los demás!".
¿Y por qué ahora hay menos vocaciones?
Depende de dónde, porque en muchos lugares hay ahora muchas vocaciones. Pero cuando no hay vocaciones, conviene reflexionar sobre por qué ocurre. "Porque quizá ?como ha escrito el arzobispo Fernando Sebastián? sí que hay vocaciones, porque Dios sigue llamando para todo aquello que la Iglesia y el mundo necesitan. Lo que quizás no hay son respuestas

Hay llamadas pero no hay respuestas
"La voz de Dios se oye solo cuando hay un cierto grado de silencio interior, es una voz íntima, que resuena solo a cierta profundidad de uno mismo. El que vive volcado sobre el exterior, acaparado y seducido por las cosas exteriores, no puede oír la llamada de Jesucristo. Si uno no se pregunta para qué está en el mundo, qué es lo que de verdad vale la pena en la vida, qué quiere Dios de mí, nunca llegará a percibir ni formular una respuesta. Donde no hay pregunta tampoco llega la respuesta.
"Por eso se puede decir que si no hay vocaciones es porque en un nivel más profundo no hay sentido vocacional de la vida. Muchos jóvenes no tienen tiempo para cuestionarse su propia vida y preguntarse para qué están en este mundo, qué es de verdad vivir, qué es lo que puede dar verdadero valor a su vida, lo que les puede llenar el corazón y darles la felicidad a largo plazo.
"Por eso es más exacto decir que no es que no haya vocaciones, lo que no hay es proyecto realmente libre y personal de la propia vida. Se vive impersonalmente, dejándose llevar, sin tener el valor de salirse de la fila para pensar, proyectar y definir la propia vida. Esto, que ocurre mucho en lo humano, ocurre también en la dimensión cristiana de nuestra vida. La mayoría de los cristianos son cristianos de seguir la corriente. Tenemos pocos cristianos que hayan llegado al punto de decir como Pablo "¿Señor, qué quieres de mí?". Y esta es la actitud indispensable para poder escuchar la voz de Dios.
"La respuesta a una vocación sentida en lo profundo de uno mismo y correspondida con perseverancia es la condición para ser uno mismo, para vivir personalmente la propia vida. Responder a la vocación personal es tanto como vivir con libertad la propia existencia. Y para el cristiano, aceptar la propia vocación es intentar vivir libremente según el designio de Dios sobre nosotros, integrarnos de verdad en la obra de Dios y de Cristo según nuestra forma estrictamente personal de ser, ocupar nuestro puesto en la Iglesia y en el mundo, ese puesto único para el cual Dios nos ha pensado y nos llama, por medio de Cristo y de su Iglesia.

Orar por las vocaciones y por la propia vocación
"Entre todos tenemos que ayudar a nuestros jóvenes cristianos a llegar a este nivel ilusionado de fe y de amor a Jesucristo que les haga preguntarse "qué quiere el Señor de mí", "dónde quiere Dios que me sitúe", "que necesita de mí la Iglesia" "qué puedo hacer por el bien de mis hermanos". Y si es posible, llegar, como San Francisco Javier, al "qué puedo hacer yo por Jesucristo".
"Esta es la alerta interior que permite escuchar la voz de Dios, esta es la buena tierra en la que crece la semilla de las vocaciones, de todas las vocaciones. A partir de ahí cada uno vivirá su vida como respuesta a la llamada de Dios, respuesta en el matrimonio y en la vida santa de un seglar apostólico, respuesta en el ministerio sacerdotal o en la vida consagrada. Pero respuesta, seguimiento, obediencia, amor.
"Oremos por las vocaciones. Pero no pidamos solo por la vocación de los demás. Pidamos a Dios que nos haga a nosotros instrumentos de esta presentación alta y exigente de la vida cristiana como ofrenda y respuesta de amor

"La ayuda decisiva que nuestros jóvenes necesitan es una comunidad cristiana clara, entusiasta, una comunidad de hermanos que rezan, que se quieren, que colaboran con alegría y con confianza dentro de la acción misionera de la Iglesia. Este es el clima que hay que difundir en nuestra Iglesia y esta es la labor que tenemos que hacer entre todos, padres, educadores, catequistas, sacerdotes, para que vuelvan a florecer en nuestra Iglesia las vocaciones y las respuestas, respuestas de todas clases y en todos los tonos, familias cristianas, apóstoles seglares, vírgenes consagradas, misioneros, sacerdotes."

ORACION POR LAS VOCACIONES
¡Oh Jesús!
Pastor eterno de las almas,
dígnate mirar
con ojos de misericordia
a tu pueblo amado.
¡Señor!
danos vocaciones,
danos sacerdotes, religiosos
y consagrados santos.
Te lo pedimos por la Inmaculada
Virgen María
tu dulce y Santa Madre.
¡Oh Jesús!, danos sacerdotes,
religiosos y consagrados
según tu corazón.
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"Allí donde están vuestras aspiracio-nes, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es en medio de las cosas más materiales de la tierra donde debemos santificarnos, sirvien-do a Dios y a todos los hombres. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, don-de de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…"
San Josemaría Escrivá de Balaguer, de la homilía Amar al mundo apasionadamente,1967.
San Josemaría Escrivá nació en Barbastro (España) el 9-I-1902. Fue ordenado sacerdote en Zaragoza el 28-III-1925. El 2?X?1928 fundó, por inspiración divina, el Opus Dei. El 26-VI-1975 falleció repentinamente en Roma, después de haber mirado con inmenso cariño por última vez una imagen de la Virgen que presidía el cuarto de trabajo.
En ese momento el Opus Dei estaba extendido por los cinco continentes, y contaba con más de 60.000 miembros de 80 nacionalidades, al servicio de la Iglesia con el mismo espíritu de plena unión al Papa y a los Obispos que vivió siempre San Josemaría Escrivá. El Santo Padre Juan Pablo II canonizó al Fundador del Opus Dei en Roma, el 6?X?2002. Su fiesta litúrgica se celebra el 26 de junio.
El cuerpo de San Josemaría Escrivá reposa en la Iglesia Prelaticia de Santa María de la Paz. Viale Bruno Buozzi 75, Roma.

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San Josemaría Escrivá |
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Oh Dios, que por mediación de la Santísima Virgen otorgaste a San Josemaría, sacerdote, gracias innumerables, escogiéndole como instrumento fidelísimo para fundar el Opus Dei, camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano: haz que yo sepa también convertir todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte, y de servir con alegría y con sencillez a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, iluminando los caminos de la tierra con la luminaria de la fe y del amor. |
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Urbanidad de la piedadEn la vida social hay unas formas, unas "reglas" de buena educación, unas maneras de tratarse, y hasta un protocolo. Una persona se muestra a sí misma, también a través de ellas.En la religión también hay unos modos de relacionarnos con Dios, mostrarle nuestra fe, nuestra reverencia y nuestro amor.

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1. Buena educación en iglesias y capillas:Cuidado de las iglesiasPor respeto a lo sagrado (todo lo que tiene que ver con el culto de Dios, tiene un cierto sentidosagrado) y para que los objetos dedicados al culto luzcan bien para Dios debemos ser extremadamente delicados en el cuidado de las iglesias:Cuidar la limpieza (papelitos en el suelo por ejemplo) y los bancos: si se apoyan los pies en los reclinatorios se arruina el tapizado, se ensucia, etc. Por supuesto no escribir, no dejar papelitos en el lugar para Misales, no pegar chicles…Obviamente el buen comportamiento no se limita a la duración de las celebraciones litúrgicas.Una vez que se ha entrado en la iglesia, se está en un lugar sagrado. Es para rezar. Hay que estar en silencio. Quien no quiere rezar que no entre, o al menos que respete a los que rezan con su silencio. Incluso cuando no está reservado el Santísimo Sacramento en el sagrario.Silencio sagrado.


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La oposición de la Iglesia a la Masonería se fundamenta en:
-Su violación del Primer Mandamiento. Los masones tienen un concepto de la divinidad opuesto al de la revelación judeo-cristiana. No aceptan al Dios Trino, único y verdadero. Su deidad es impersonal. El falso dios de la razón.
-Su violación del Segundo Mandamiento. El grave abuso de los juramentos en nombre de Dios. Formalmente invocan la deidad en sus ritos de iniciación para sujetar al hombre, bajo sanciones directas, a objetivos contrarios a la voluntad divina,
-Su rechazo a la Iglesia Católica, la cual intenta destruir. (Su objetivo de destruir la Iglesia está ampliamente documentado).
Otros documentos papales que exponen el error de la Masonería:
Algunos puntos de la encíclica Humanum Genus, escrita por León XIII en 1884. Esta es la mas extensa y reveladora de las encíclicas que exponen la Masonería. Desvela el engaño masónico y sus verdaderos objetivos:
Incompatibilidad entre el Catolicismo y la Masonería:
El Papa enseña que el abandono de las virtudes cristianas es la principal causa de los males que amenazan a la sociedad. (ref. Misericors Dei filius, 23 de junio, 1883)
Otros pronunciamientos de la Iglesia referentes a la Masonería
El antiguo Código de Ley Canónica (ley oficial de la Iglesia) del año 1917, condena la Masonería explícitamente.
Canon 2335: "Personas que entran en asociaciones de la secta masónica o cualquier otra del mismo tipo que conspire contra la Iglesia y la autoridad civil legítima, contraen excomunión simplemente reservada a la Sede Apostólica.
Ver abajo sobre el nuevo código y la nueva clarificación
Declaración sobre la Masonería de la Conferencia Episcopal Alemana
Publicado en L`Osservatore Romano, (periódico del Vaticano), 9 de julio,1980
Entre la Iglesia Católica y la Masonería se han mantenido conversaciones oficiales en los años 1974-1980 por encargo de la Conferencia Episcopal Alemana y de las grandes Logias reunidas.
En el curso de aquella se ha tratado de constatar si la Masonería ha experimentado cambios a lo largo del tiempo, tales que consientan a los católicos de pertenecer a ella actualmente. Las conversaciones se han desarrollado en clima de cordialidad y con gran franqueza y objetividad.
Se han estudiado los tres primeros estados (grados) de pertenencia a la secta. Después de atento estudio de esos tres primeros estados, la Iglesia Católica ha constatado que existen contrastes fundamentales e insuperables. En su esencia la Masonería no ha cambiado. La pertenencia a la Masonería pone en duda los fundamentos de la existencia de Cristo; el examen minucioso de los rituales masónicos y de las afirmaciones fundamentales, como también la constatación objetiva de que hoy no ha sufrido ningún cambio la Masonería, lleva a esta conclusión obvia:
No es compatible la pertenencia a la Iglesia Católica y al mismo tiempo a la Masonería
La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, el 17 de febrero, de 1981, promulgó una clarificación sobre el estado de los católicos que se asocian a la Masonería en la que se reafirma la posición tradicional de la Iglesia acerca de la Masonería.
El Código de Ley Canónica actual (promulgado en 1983
Canon 1374: "Quien se inscribe en una asociación que maquina contra la Iglesia debe ser castigado con una pena justa; quien promueve o dirige esa asociación, ha de ser castigado con entredicho".
Algunos obispos pensaron que este canon ya no aplicaba a la Masonería porque no la nombra explícitamente. Estimaban que la Masonería había evolucionado y que ya no "maquinaba" contra la Iglesia. Sugirieron que se podría abrogar la prohibición contra la entrada de católicos en las logias masónicas. Sin embargo, posteriores declaraciones oficiales de la Iglesia han dejado muy claro que eso no es posible.
La siguiente declaración expresa en resumen la posición oficial vigente.
Declaración sobre las Asociaciones Masónicas, Quaesitum est…
de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe.
26 de noviembre, 1983.
Se ha cuestionado sobre si ha habido algún cambio en la decisión de la Iglesia en respecto a las asociaciones masónicas ya que el Código de Ley Canónica, a diferencia del anterior, no las menciona expresamente. Esta sagrada congregación está en posición de responder que esta circunstancia se debe al criterio editorial que se siguió también en el caso de otras asociaciones que tampoco se mencionaron en cuanto que están contenidas en categorías más amplias.
Por lo tanto, el juicio negativo de la Iglesia sobre las asociaciones masónicas se mantiene sin cambios ya que sus principios siempre se han considerado irreconciliables con la doctrina de la Iglesia ("earum principia semper iconciliabilia habita sunt cum Ecclesiae doctrina") y por lo tanto se continúa prohibiendo ser miembro de ellas.
Los fieles que se inscriben en asociaciones masónicas están en estado de pecado grave y no pueden recibir la Santa Comunión. No está en la competencia de las autoridades eclesiales locales el impartir un juicio sobre la naturaleza de las asociaciones masónicas que implicase una derogación de lo que se ha decidido arriba, y esto en línea con la declaración de esta sagrada congregación promulgada el 17 de febrero de 1981 (1).
En una audiencia concedida al subscrito cardenal prefecto, el Supremo Pontífice Juan Pablo II, aprobó y ordenó la publicación de esta declaración que ha sido decidida en una reunión ordinaria de esta sagrada congregación.
Cardenal José Ratzinger, prefecto.
Padre Jerome Hamer, O.P., Titular Arzobispo de Lorium, Secretario.
(Traducción no oficial -SCTJM).
La declaración de 1983 (arriba) establece con toda claridad que la condena a la Masonería por parte de la Iglesia es vigente. Las opiniones contrarias no cambian la realidad de las cosas.
La Masonería es producto del alejamiento de Dios en que los hombres han caído. Su influencia sobre los hispanos es favorecida por el machismo que considera la práctica cristiana como propia solo de las mujeres. La participación en la logia masónica se ha presentado como una alternativa para los hombres, donde, en vez de someterse a Dios, hablan de negocios y hacen contactos según sus intereses. Esto ha profundizado la crisis de falsa identidad masculina. Las consecuencias han sido graves tanto para la familia como para la sociedad.
Del sincretismo a la ceguera espiritual. Hay que tener en cuenta que muchos entran en la masonería buscando favorecerse de su poderosa red de contactos e influencias. Es una gran tentación el percibir las oportunidades que se abren en los negocios y trabajos para los miembros de la logia. Los masones suelen ayudarse entre ellos y tienen algunas obras benéficas. Está también el atractivo para los hombres en creerse que entran en un grupo elite de libres pensadores.
Sin duda, muchos están confundidos y creen que pueden ser católicos y masones. Quedan sinceramente consternados al conocer la posición de la Iglesia contra la Masonería. Cuando se les explican las razones no lo pueden creer. Dicen que su logia no es así. Es cierto que algunas logias ya no tienen la agresividad tradicional contra la Iglesia, pero la filosofía sigue siendo la misma. Hay además que tomar en cuenta que los miembros de bajo rango no saben la realidad oscura de la masonería porque se les esconde hasta que suban de grado y estén más influenciados y comprometidos.
Un masón que se llama católico escribió un artículo asegurando que los grados de la Masonería son complementarios con las creencias de "cualquier religión que crea en Dios". No podía comprender el "fanatismo" de "algunos" en la Iglesia que condenan la Masonería ("algunos", lea: todos los papas desde el año 1738). Más adelante, en el mismo artículo se lee: "la Masonería me ha inspirado a ser tolerante y aprender de las otras religiones. He leído con gran interés la Kabala, el Korán… todos los masones adoran al mismo Dios."
Parece por este escrito que en su logia no atacan directamente a la Iglesia católica, pero ocurrió algo que a veces es peor: lograron confundirle de tal modo que no ve la diferencia entre leer la Biblia y la Kabala (escritos del ocultismo). Busca ambas lecturas "con gran interés". Ha confundido la tolerancia (respeto a las creencias ajenas) con el sincretismo (mezcla de creencias uniendo la verdad y el error).
En la masonería moderna, por lo general, hay menos agresividad abierta contra la Iglesia. No se duda que hayan habido algunos cambios, pero en todo caso continúan latentes los mismos principios. ¿Por qué seguir en una asociación que está esencialmente errada y es dañina para el alma?.
Jesucristo es El Camino, La Verdad y La Vida
Descubrir la realidad sobre la masonería es muy doloroso para sus miembros y familiares. Pero el dolor puede llevar al bien si ayuda a la conversión de vida.
Debemos amar a los masones sinceramente ya sean familiares, amigos o desconocidos. Debemos también apreciar y reconocer lo bueno que hagan.
La condena de la Iglesia no es falta de caridad sino una verdadera expresión de amor. Enseñar la verdad y advertir el error es un gran acto de amor. Por eso la Iglesia tiene el deber de alertar a sus hijos sobre el peligro que los graves errores de la Masonería acarrean a su alma y las consecuencias para la vida eterna. Eso mismo también es lo que hizo Jesús. Vemos el ejemplo de Jesús con los recaudadores de impuesto y con los pecadores en general. Ama al pecador mientras condena el error y el pecado.
Cardenal Pablo Poupard (Presidente del Consejo para la Cultura -Vaticano): "La francomasonería mete en un mismo paquete todas las visiones del mundo. Es lo que yo denomino el ‘relativismo absoluto’. Y el cristiano no puede admitir eso porque sólo Jesucristo es la verdad. Había que decirlo de forma clara. Ninguna visión del mundo puede situarse en el mismo lugar que la verdad de Cristo."
) no habla explícitamente de la Masonería sino que se limita a la siguiente advertencia general contra ese tipo de asociación:
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1. Definición y finalidad.
Acerca de la masonería existen multitud de conceptos y apreciaciones, bien por la complejidad del movimiento, bien porque las mismas definiciones que la masonería da de sí misma suelen ser poco precisas, sin manifestar a veces sus verdaderos y últimos fines, o sin indicar sus objetivos o logros en la realidad.
Según los ritos inglés y escocés, la masonería es ‘un hermoso sistema de moral revestido de alegoría e ilustrado con símbolos’. El art. 1 de los Estatutos del Gran Oriente de Bélgica es algo más concreto: ‘una institución cosmopolita y en progreso incesante, que tiene por objeto la investigación de la verdad y el perfeccionamiento de la humanidad. Se funda sobre la libertad y la tolerancia, no formula dogma alguno, ni descansa en él’ (Enciclopedia Universal ilustrada de España, 33,718). Uno de sus adeptos precisa más sus objetivos y la define así: ‘la Francmasonería es una asociación universal, filantrópica, filosófica y progresiva, que procura inculcar en sus adeptos el amor a la verdad, el estudio de la moral universal, de las ciencias y de las artes, los sentimientos de abnegación y filantropía y la tolerancia religiosa; que tiende a extinguir los odios de raza, los antagonismos de nacionalidad, de opiniones, de creencias y de intereses, uniendo a todos los hombres por los lazos de la solidaridad y confundiéndolos en un mutuo afecto de tierna correspondencia’ (J. Truth, o. c. en bibl.).
Uno de los artículos fundamentales de la constitución de 1723 se expresa así: ‘Todo masón está obligado, en virtud de su título, a obedecer la ley moral; y si comprende bien el arte, no será jamás un estúpido ateo, ni un irreligioso libertino. Así como en los tiempos pasados los masones estaban obligados, en cada país, a profesar la religión de su patria o nación, cualquiera que ésta fuese, en el presente nos ha parecido más a propósito el no obligar más que a aquella en la que todos los hombres están de acuerdo, dejando a cada uno su opinión particular: a saber, ser hombres buenos y verdaderos, hombres de honor y probidad, cualquiera que sea la denominación o creencias con que puedan distinguirse. De donde se sigue que la masonería es eJ centro de unión y el medio de conciliar una verdadera amistad entre personas que (sin ella) permanecerían en una perpetua distancia.
De este texto y de las definiciones dichas, parece que la finalidad de la masonería es el ser una reunión de hombres que creen en Dios (Ser Supremo), que respetan la moral natural y quieren conocerse y trabajar juntos a pesar de la diversidad de opiniones religiosas, o de su pertenencia a confesiones o partidos opuestos. Pero bajo este difuso deísmo y filantropía se puede intuir una realidad más profunda. León XIII en su enc. Humanum genus puso de manifiesto cómo las doctrinas religiosas, filosóficas y morales en que se inspira la masonería como tal, cualquiera que sean las opiniones particulares de sus miembros, llevan a la negación de la existencia de Dios; a la negación de la misma moral; y abre camino al ateísmo, al panteísmo, al iluminismo, al espiritismo, etc.
2. Masonería regular e irregular.
Al extenderse la masonería por Europa, esa finalidad filantrópica y humanitaria que en sus principios se proponía la masonería no se mantuvo. Al lado de la masonería propiamente dicha, ordinaria, oficial, ortodoxa, surgieron numerosas sectas, unas particularmente herméticas, cabalísticas, eclécticas y seudomísticas (martinistas franceses, pietistas alemanes) u otras netamente políticas (iluminados bávaros); e incluso la masonería regular conforme pasaban los años se iba dividiendo en numerosas ramas y ritos.
El paso definitivo de esta ruptura lo dio el Gran Oriente de Francia en 1877 al borrar de sus estatutos la obligación, hasta entonces exigida, de la creencia en el Ser Supremo al que dan el nombre de Gran Arquitecto del Universo. De resultas de esta actitud se siguió la condena de la Gran Logia de Inglaterra contra el Gran Oriente francés. La posición adoptada por la masonería francesa era consecuente con la actitud anticlerical, laicista y racionalista que sus miembros propugnaban. El paso francés fue secundado por muchos Orientes y Logias, tanto europeos como hispanoamericanos, que no admitieron ‘como primera condición para ser miembros de la masonería la creencia en el Ser Supremo, condición ante la que no cabe ningún compromiso’.
De la masonería, pues, no se puede hablar en un sentido unívoco, ya que no existe una única masonería; existen muchas masonería independientes unas de otras (masonería inglesa, norteamericana, alemana, austriaca, escandinava, holandesa, el Gran Oriente de Francia, la Gran Logia Nacional francesa, las masonería italianas, las latinoamericanas, etc.) y dentro de estas mismas se da una variedad extraordinaria de ritos (Rito escocés antiguo y aceptado, Rito de York, Rito escocés rectificado, Rito mixto universal, etc.). A la hora de analizar la masonería se tendrá que distinguir, más en cuanto a la finalidad que persiguen que en cuanto a los principios fundamentales de su doctrina, una masonería regular u ortodoxa, frente a una masonería irregular y heterodoxa. La primera sigue más fiel a los principios sobre los que fue fundada: creencia en un Ser Supremo, respeto de la Biblia y no injerencia en cuestiones políticas y confesionales, y ha preferido dedicar su actividad al campo humanitario; y la segunda es la propugnada por el Gran Oriente francés, atea, sectaria y declaradamente anticatólica.
3. Doctrina.
La exposición unitaria de la doctrina masónica es difícil y compleja, dada la existencia de diversos tipos de masonería, si se hace a un nivel fenomenológico, de experiencia concreta, de finalidad que persiguen. La tarea se facilita, aunque no está exenta de dificultad, si se intenta ir a los fundamentos últimos de las doctrinas masónicas y a las consecuencias a las que, sosteniendo tales doctrinas, se llega. La encíclica Humanum genus de León XIII sirve de base para el desarrollo y análisis de la doctrina propugnada por la masonería Puede analizarse su doctrina desde el punto de vista religioso, desde el punto de vista moral, y desde el punto de vista filosófico.
A) Desde el punto de vista religioso, la masonería proclama como principio básico e incontrovertible la independencia absoluta de la razón humana frente a cualquier autoridad o enseñanza. El naturalismo y el racionalismo son su punto de partida. Consecuencia de esta radical decisión es la negación de la mayor parte de deberes con Dios y el indiferentismo. Todas las enseñanzas de la Iglesia no serían más que mitos de los que el hombre moderno y culto debe librarse. En la recepción de los grados supremos es de rigor la apostasía, bien de manera expresa, bien mediante la realización de acciones sacrílegas que la suponen. Como la Iglesia Católica afirma ser la encargada de trasmitir la enseñanza de Cristo, la masonería cae fácilmente en el deseo de combatirla; no es de extrañar que una de las metas más codiciadas de la secta haya sido la de ‘suprimir la sagrada potestad del Romano Pontífice y destruir por entero el Pontificado, instituido por derecho divino’ (Enc. Humanum genus, 20 abr. 1884).
Las verdades religiosas cognoscibles con la luz natural de la razón y que son como los fundamentos de la fe -existencia de Dios, espiritualidad e inmortalidad del alma, distinción entre el bien y el mal, recompensa y castigos eternos…- se convierten pronto para los masones en producto de la superstición y del fanatismo. Aunque suelen hablar, p. ej., de un Ser Supremo con el nombre de Gran Arquitecto del Universo, éste resulta bien distinto del Dios de la revelación cristiana, trascendente al mundo, providente, personal. Para la masonería, Dios viene a ser una palabra del vocabulario de los pueblos infantiles, que se repudia cuando se alcanza la madurez de la civilización. Tal madurez supone la emancipación de la humanidad de cualquier tipo de ‘esclavitud’, civil, religiosa y moral.
Así sea tolerancia inicial con las diversas nociones de Dios va cambiando según se progresa en la escala jerárquica de la masonería En el Rito Escocés Antiguo y Venerado, uno de los más difundidos, en el momento de recibir el grado 13, el Gran Maestro recuerda al candidato: ‘cuando fuiste iniciado en nuestra Orden manifestasteis la idea de Dios según vuestro criterio y en armonía con vuestras creencias religiosas. Aunque aprobando nosotros vuestra manera de pensar sobre este importante asunto, deseamos que os sirváis amplificar aquellas primeras opiniones acerca de la existencia de Dios, y decirnos si habéis establecido alguna modificación a cuanto entonces expresasteis, como consecuencia de los estudios masónicos o de los dictados de vuestra conciencia. Los franc-masones no pueden fomentar la existencia de Dios en el concepto sometido al efecto por las religiones positivas, porque en este caso tendrían que mostrarse partidarios de una u otra creencia religiosa, y bien sabéis que esto se opondría al principio de máxima libertad consignado en sus estatutos’ (cfr. J. Boor, o. c. en bibl. 145).
B) Moral masónica. La masonería ‘predica la moral universal, una e inmutable, más extendida, más universal que la de las religiones positivas, todas ellas exclusivistas, puesto que clasifican a los individuos en paganos, idólatras, cismáticos…’ (J. Truth, o. c. en bibl.). Como consecuencia inmediata de esta vaga moral naturalista, se sigue fácilmente la negación de toda norma moral objetiva (ley eterna, ley divina, cte.), es el relativismo moral, que puede llegar, en la teoría y en la práctica, a sostener el principio de que el fin justifica los medios.
Aunque quizá partiendo de la masonería irregular, ésta se ha mostrado especialmente activa, según denuncia León XIII, en la promulgación de leyes anticristianas, proscribiendo las órdenes religiosas, confiscando los bienes de la Iglesia, promoviendo activamente el divorcio, suprimiendo la enseñanza religiosa de las escuelas, quitando los emblemas cristianos de hospitales, aulas, tribunales de justicia, etc. También cabe enumerar entre sus objetivos el alejamiento de los sacerdotes de la cabecera de los moribundos, la inhumación con un solo rito civil, etc. El resumen de actividades de la Logia-Unión de los Pueblos, en 1891, proclamaba que ‘todas las grandes leyes que desde hace veinte años han sido aprobadas (en Francia), y las que se aprobarán en lo sucesivo, han sido elaboradas en nuestros Talleres y han sido objeto de nuestro trabajo’ (cfr. B. Dolhargaray, o. c. en bibl. 724).
C) Desde el punto de vista filosófico, la masonería acepta y patrocina todas las teorías que no pretendan para sí la exclusividad de la verdad. Es un sistema ecléctico en el que, rechazando toda apertura a lo sobrenatural, caben tanto el ateísmo como el panteísmo, el iluminismo o el espiritismo, las doctrinas maniqueas como el politeísmo. De un modo más o menos oficial, los escritores masones han presentado la filosofía del s. XVII y el deísmo como su propia enseñanza, si bien no decisiva. En la masonería caben todos los sistemas filosóficos con tal que no tengan un contenido católico. Su religión es la de la Humanidad; su Evangelio, la Ciencia; su Dios, la Razón; filosóficamente podría calificarse como un escepticismo y relativismo de tipo práctico, y poco especulativo.
4. Declaraciones de la Santa Sede.
Sustentando la mestas doctrinas (naturalismo, racionalismo, indiferentismo, gnosticismo, deísmo, etc.) no es de extrañar que la Santa Sede la haya condenado repetidamente. La primera intervención, antes de la división de la masonería, es de Clemente XII el 24 abr. 1738 con la Const. In eminenti: ‘Teniendo la misión de salvar las almas, Nos ordenamos a todos los fieles, en nombre de la santa obediencia, que no se agreguen a estas sociedades de masones. También les prohibimos el propagarlas o favorecerlas. Todos los cristianos deben abstenerse de esas reuniones y congresos bajo pena de excomunión inmediata, reservada exclusivamente a Nuestra Persona’. Benedicto XIV interviene de nuevo para acallar las voces que sostenían que la Const. In eminenti había dejado de obligar (Const. Providas, 18 mayo 1751).
Posteriores condenas son las de Pío VII, con la Const. Ecclesiam a Iesu Christo, de 12 sept. 1821; León XII, con la Bula Quo graviora, de 13 mar. 1825; Pío VIII, con la Enc. Traditi, de 21 mayo 1829; Gregorio XVI con la Enc. Mirari vos de 15 ag. 1832; Pío IX, con las Enc. Qui pluribus de 9 nov. 1846 y Quanta cura de 8 dic. 1864; y el mismo Pío IX en la bula Apostolicae Sedis de 12 oct. 1869 resume así las sanciones contra la masonería: ‘declaramos sometidos a la excomunión latae sententiae reservada al Soberano Pontífice a todos los que dan su nombre a las sectas de los masones o carbonarios, o bien a las asociaciones del mismo género que conspiran, ya públicamente, ya en secreto, contra la Iglesia o las legítimas potestades; y a quienes favorecen esas sociedades, de la manera que sea; y también a quienes no denuncien a sus jefes y directores, hasta que los denuncien’.
Documento importante en la enc. Humanum genus, 20 abr. 1884, de León XIII, donde se exponen los fundamentos últimos de la secta y los peligros que entraña para la fe. Es también importante la alocución consistorial de 20 nov. 1911 de Pío X (AAS 30 nov. 1911); la Sagrada Congregación del Santo Oficio (actualmente S. C. para la Doctrina de la Fe) el 27 jun. 1838, declaraba que en la condena general están comprendidas también la masonería escocesa, irlandesa y norteamericana. Pío XII, el 24 jun. 1958, señaló como ‘raíces de la apostasía moderna el ateísmo científico, el materialismo dialéctico, el racionalismo, el laicismo, y la masonería, madre común de todas ellas’.
La disciplina vigente está recogida en los can. 684, 2335 y 2336 del CIC. En el primero se prohíbe a los fieles dar el nombre a asociaciones secretas, condenadas, sediciosas, sospechosas o que procuran sustraerse a la legítima vigilancia de la Iglesia. En el segundo, se indica que los que dan el nombre a la secta masónica incurren ipso facto en excomunión. En el tercero recoge las penas impuestas a los clérigos que dan su nombre a la secta masónica.
5. La masonería actual.
En enero de 1968 la prensa occidental divulgó una decisión del Episcopado Escandinavo, fechada en octubre de 1966, que permitía a dichos obispos conceder autorización para continuar inscritos en la logia a los masones que quisieran ingresar en la Iglesia Católica. Con este hecho se ha querido ver un cambio en la posición de la Iglesia respecto de la masonería Se sostiene la tesis de que la masonería actual no es la misma de hace un siglo, que hay que distinguir entre la masonería regular anglosajona y la de los países latinos, y que sólo a esta última se habían dirigido las reprobaciones pontificias de los dos últimos siglos. Ante noticias que presentaban como inminente una declaración pontificia en tal sentido, la Radio Vaticana hizo público el 16 marzo de 1968 el siguiente comunicado: ‘Según recientísimos informes de la prensa diaria de varios países, la Santa Sede habría autorizado la permanencia en la organización masónica a personas convertidas al catolicismo, y tendría la intención de mudar profundamente la disciplina canónica acerca de la misma masonería. Por el competente Dicasterio de la Santa Sede hemos sido autorizados a desmentir tales informaciones como carentes de fundamento’.
Es verdad el cambio experimentado por la masonería en la actualidad, incluso la masonería irregular ha perdido en parte su carácter sectario y anticatólico. Por otra parte, el diálogo personal con los masones, como con todo el mundo, por parte de los cristianos individualmente, forma parte de la convivencia humana y del trato apostólico que todo cristiano con la debida preparación está obligado a vivir; cosa distinta es el diálogo con la masonería en sí, como asociación o como doctrina, que exige prudencia y personas competentes, si en alguna circunstancia fuese oportuno o conveniente; incluso la Iglesia podría levantar las penas disciplinares vigentes actualmente contra los que dan su nombre a una secta masónica; pero esto no significaría la aprobación de la masonería Tampoco podría decirse que, a partir de ese momento, los católicos podrían inscribirse en la masonería, o que los masones podrían ser simultáneamente miembros activos de la masonería y de la Iglesia. La cualidad buena o mala de una doctrina o institución es intrínseca a ella misma, anterior e independiente de cualquier declaración del magisterio. La masonería no es inconciliable con la Iglesia porque ha sido condenada; sino al revés: ha sido condenada porque es inconciliable; y continuará siéndolo -aunque la Iglesia, por motivos psicológicos o pastorales, decida suprimir la excomunión mientras no cambien sustancialmente sus principios anticristianos. No es la indiferencia, aprobación o reprobación oficial lo que convierte a una doctrina en buena o mala. P. ej., el hecho de que no se condene expresamente el Islamismo no significa su aprobación, ni permite a los católicos formar parte simultáneamente de la Iglesia y del Islam; o si la autoridad eclesiástica levantara la excomunión que recae sobre los que procuran eficazmente el aborto, no por eso el aborto dejaría de ser pecado moral: es siempre -con excomunión y sin ella- un atentado grave a la ley moral.
Lo mismo ocurre con la inscripción en la masonería; con excomunión y sin ella, un católico no puede formar parte de una secta o sociedad masónica (pecaría mortalmente), pues se hallaría en peligro próximo e inmediato de apostasía, y estaría cooperando en el mal. Mientras no cambien los principios ideológicos de la masonería, ésta es inconciliable con la doctrina católica. La masonería ha cambiado, aunque más en su aspecto externo; no suele aparecer como perseguidora de la Iglesia, ni hace mucho hincapié en el secreto; presenta a alguno de sus miembros públicamente, celebra grandes reuniones, saca fotografías en la prensa, proclama sus ideales de fraternidad universal; y esto, también, en los países latinos, donde tradicionalmente actuaba en forma violenta. Sin embargo, en los puntos fundamentales, en sus presupuestos doctrinales sigue siendo una mezcla de naturalismo, racionalismo, indiferentismo religioso, deísmo, etc.; aunque en su forma más radical, tal como los resumía León XIII, no son ya tan virulentamente sostenidos, en el sentido de que muchas logias no insisten tanto en ellos y centran más su atención en realizaciones prácticas de tipo humanitario o de vida social, de todas formas aquellos principios continúan de alguna forma presentes.
Es siempre un gran riesgo -en muchas circunstancias, pero en concreto por lo que se refiere al diálogo con la masonería- la abdicación de la fe en nombre de un humanismo radical sin Dios. En aras de unos valores que se presentarían como ideales o superiores, al menos desde un punto de vista práctico e inmediato, invocando una fraternidad filantrópica, se prescinde fácilmente, primero, de Dios como autor del orden sobrenatural y de la Redención, y se excluye, por tanto, toda religión revelada. Al recluir la fe a un mero plano de convicciones de conciencia se termina por eliminar a Dios de la vida de los hombres, reduciéndolo a una mítica expresión de la Humanidad, del Universo, etc. Y de esta forma se destruye el orden moral, privado ya de fundamento.
La Masoneria ataca de nuevo a la Iglesia Católica
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Carolina Aranda Cruz tiene diez años, estudia el quinto
grado de primaria en el Liceo Japonés, leyó hace algunos días en el
Congreso Mexicano de Pediatría, en donde expresó con claridad y madurez
la urgente necesidad de dar a los niños y jóvenes de México una
educación de calidad.
Carolina Aranda Cruz tiene diez años, estudia el quinto grado de primaria en el Liceo Japonés, leyó hace algunos días en el Congreso Mexicano de Pediatría, en donde expresó con claridad y madurez la urgente necesidad de dar a los niños y jóvenes de México una educación de calidad.
A las personas de hoy casi no les interesa la ciencia; les interesa más el fútbol. Los periódicos pocas veces tienen notas de ciencia y la radio y la televisión casi nunca. Sólo publican cuando ocurre algo que no pueden ocultar, como cuando llegó a la luna Neil Armstrong.
Todos los días aparecen notas de fútbol, entrevistas con jugadores y hasta nos cuentan chismes de su vida: que si Galilea Montijo fue novia de Cuauhtémoc Blanco? pero no toman en cuenta que tenemos derecho a estar bien informados sobre ciencia. Y así como sabemos tanto de fútbol sabemos tan poco y tan mal de nuestros científicos que da pena. Ese es el caso de Guillermo Haro. Guillermo Haro, astrónomo mexicano, descubrió cometas y muchos cuerpos celestes y no cuenta siquiera con una biografía.
He visitado nueve grandes librerías y ninguna tiene nada sobre él. ¿Por qué apoyar más a los futbolistas que a los científicos? ¿Son mejores personas? ¿Producen mayor riqueza? ¿Nos divierten más? No creo: gracias a los científicos también nos divertimos, ellos inventaron las computadoras, Los iPod, los simuladores.
Además, salvo en algunos casos, los jugadores de fútbol nos hacen ver muy mal mundialmente y nuestros científicos, que nadie apoya no. Estoy segura que México es de los países que tienen algunos de los mejores científicos. Además nos hacen quedar muy bien. Son como los atletas paralímpicos que, sin apoyo, ganan medallas.
¿Por qué no apoyar una educación de excelencia? Tenemos derecho a ella. ¿Alguno de ustedes conoce a Guillermo Haro? Supongo que muy pocos. Y los que no, no tienen la culpa: cuando nuestro equipo de fútbol gana partidos de poca importancia hasta el Presidente los felicita y los entrevistan en todos lados. Cuando Guillermo Haro descubrió varias estrellas rojas y azules sólo lo felicitaron otros científicos.
Gracias a la ciencia calentamos en unos segundos la comida en el microondas, gracias a la ciencia nuestras madres no se pasan la vida lavando pañales. Estos inventos son resultado de las misiones al espacio. Por los científicos nuestra ropa es ligera y abrigadora. Por ellos podemos leer aunque se oculte el Sol o ver a cientos de kilómetros un partido de fútbol.
¿Les gusta la televisión a colores? Yo nunca conocí una en blanco y negro, y la televisión a colores fue invento del mexicano Guillermo González Camarena. Gracias a los científicos mexicanos podemos ver mejor las estrellas pues aquí se fabrican los mejores lentes de astronomía.
Hace un año el Instituto de Astronomía de la UNAM envió a las Islas Canarias un instrumento de precisión para el que será el observatorio más importante del mundo. Tiene nueve lentes y 270 piezas.
Y mirar astros nos debe importar porque somos, como escribió Carl Sagan, ?polvo de estrellas?, de allí venimos. Países desarrollados como Alemania, Estados Unidos y Japón invierten mucho apoyo en ciencia. México cada vez invierte menos, y pese a ello contamos con grandes científicos como Guillermo Haro, que vivió y murió siendo un desconocido.
El premio Nóbel de Química, Mario Molina nació en México, pero se tuvo que ir a Estados Unidos. Por desgracia no es el único caso. Muchos jóvenes científicos hacen lo mismo.
¿No podría nuestro gobierno invertir más en educación? Tenemos derecho a una educación de excelencia.
Me da pena que nuestro gobierno y nuestros empresarios inviertan tanto en fútbol y seamos tan malos. Me da pena que inviertan tan poco en ciencia y seamos tan buenos. Tenemos la mejor Universidad de Hispanoamérica según el periódico Time y cada vez le damos menos recursos a la UNAM. ¿Por qué no apoyar a lo que ya da resultados? Un País que no invierte en ciencia y educación siempre será un País pobre ¿Queremos un México pobre? ¿Seguiremos dejando que nuestros Mario Molina se vayan a otros países?
Pobre México nuestro tan cerca del fútbol y tan lejos de la ciencia.
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