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“Ha llegado el Adviento”

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Ha llegado el Adviento. ¡Qué buen tiempo para remozar el deseo, la añoranza, las ansias sinceras por la venida de Cristo!, ¡por su venida cotidiana a tu alma en la Eucaristía! –«Ecce veniet!» –¡que está al llegar!, nos anima la Iglesia. (Forja, 548)

28 de noviembre de 1999

Comienza el año litúrgico, y el introito de la Misa nos propone una consideración íntimamente relacionada con el principio de nuestra vida cristiana: la vocación que hemos recibido. Vias tuas, Domine, demonstra mihi, et semitas tuas edoce me (Ps XXIV, 4.); Señor, indícame tus caminos, enséñame tus sendas. Pedimos al Señor que nos guíe, que nos muestre sus pisadas, para que podamos dirigirnos a la plenitud de sus mandamientos, que es la caridad (Cfr. Mt XXII, 37; Mc XII, 30; Lc X, 27.).

Me figuro que vosotros, como yo, al pensar en las circunstancias que han acompañado vuestra decisión de esforzaros por vivir enteramente la fe, daréis muchas gracias al Señor, tendréis el convencimiento sincero –sin falsas humildades– de que no hay mérito alguno por nuestra parte. Ordinariamente aprendimos a invocar a Dios desde la infancia, de los labios de unos padres cristianos; más adelante, maestros, compañeros, conocidos, nos han ayudado de mil maneras a no perder de vista a Jesucristo. (Es Cristo que pasa, 1)

 

 

Dios sí tiene tiempo

“Nosotros tenemos siempre poco tiempo, especialmente para el Señor, a veces no sabemos o no queremos encontrarlo. En cambio, ¡Dios tiene tiempo para nosotros!”. Benedicto XVI pronunció estas palabras en los primeros días del Adviento

03 de diciembre de 2008

Domingo. 30 de noviembre de 2008

Conformar nuestra propia vida a la del Señor 

En el marco de su visita pastoral a la Basílica de San Lorenzo extramuros con ocasión del 1750 aniversario del martirio del santo diácono, el Santo Padre explicó en su homilía que el Adviento  “significa recordar la primera venida del Señor en la carne, pensando ya en su regreso definitivo, y al mismo tiempo, reconocer que Cristo presente entre nosotros se convierte en nuestro compañero de viaje en la vida de la Iglesia que celebra su misterio”.

Benedicto XVI dijo que “en esta perspectiva, el Adviento es para todos los cristianos un tiempo de espera y de esperanza, un tiempo privilegiado de escucha y de reflexión, siempre que nos dejemos guiar por la liturgia que invita a ir al encuentro del Señor que viene”.

 

“Ven Señor Jesús”: esta ardiente invocación de la comunidad cristiana de los inicios debe ser también nuestra aspiración constante, la aspiración de la Iglesia en todas las épocas, que anhela y se prepara para el encuentro de su Señor: “¡Ven hoy Señor -exclamó el Papa-, ayúdanos, ilumínanos, danos la paz, ayúdanos a vencer la violencia, ven Señor rezamos precisamente en estas semanas, Señor haz resplandecer tu rostro y nos salvaremos”.

Refiriéndose posteriormente a san Lorenzo, el Papa puso de relieve que “su solicitud por los pobres, el servicio generoso a la Iglesia de Roma en el sector de la asistencia y de la caridad, la fidelidad al Papa, que le llevó a seguirle hasta la prueba suprema del martirio y el testimonio heroico de la sangre, pocos días más tarde, son hechos universalmente conocidos”.

Tras recordar la invitación del Evangelio de hoy a “velar”, el Santo Padre afirmó que esto significa “seguir al Señor, elegir lo que El ha elegido, amar lo que ha amado, conformar la propia vida a la suya; velar comporta transcurrir cada momento de nuestro tiempo en el horizonte de su amor sin dejarnos abatir por las inevitables dificultades y problemas cotidianos. Así hizo san Lorenzo -terminó- y así tenemos que hacer nosotros y pedimos al Señor que nos dé su gracia para que el Adviento estimule a todos a caminar en esta dirección”.

 

Dios nos da su tiempo

En su mensaje del Ángelus, el Papa dijo que el inicio del nuevo año litúrgico “nos invita a reflexionar sobre la dimensión del tiempo”, recordando que en nuestra época todos decimos “nos falta tiempo” porque el ritmo de la vida cotidiana se ha vuelto frenético. Pero sobre esta cuestión, la Iglesia tiene una “buena noticia”: Dios nos da su tiempo. Nosotros tenemos siempre poco tiempo, especialmente para el Señor,  a veces no  sabemos o no queremos encontrarlo. En cambio, ¡Dios tiene tiempo para nosotros! (…) Nos da su tiempo porque ha entrado en la historia con su palabra y sus obras de salvación, para abrirla a la eternidad y hacerla historia de la alianza”.

“Ante esta perspectiva, el tiempo es ya en sí mismo un signo fundamental del amor de Dios: un regalo que el ser humano (…) puede valorar, o por el contrario, estropear;  acoger su significado, o descuidar con superficialidad”.

 

El Santo Padre habló después de los tres puntos cardinales del tiempo que jalonan la historia de la salvación: la creación, la encarnación-redención y la parusía que comprende el juicio universal. “Pero estos tres momentos -explicó- no pueden entenderse como una simple sucesión cronológica. La creación es el origen de todo, pero es continua y se lleva a cabo en el arco del devenir cósmico, hasta el final de los tiempos. Del mismo modo, la encarnación-redención, que tuvo lugar en un tiempo histórico determinado que fue el paso de Jesús por la tierra, extiende su radio de acción a todo el tiempo precedente y a todo el siguiente. A su vez, la última venida y el juicio final, anticipados en  la Cruz de Cristo, ejercen su influjo en la conducta de los seres humanos en todas las épocas”.

“El Señor viene continuamente a nuestra vida (…) y este primer domingo nos vuelve a proponer el llamamiento de Jesús: ¡Velad!”, porque “en la hora que sólo Dios conoce seremos llamados a dar cuentas de nuestra existencia”, añadió el Papa.

Adviento: Grito de esperanza 

“El Adviento -había dicho el sábado 29 el Papa en su homilía- es por excelencia la estación espiritual de la esperanza y durante él la Iglesia entera está llamada a convertirse en esperanza, para ella misma y para el mundo. (…) Todo el pueblo de Dios se pone en marcha atraído por este misterio: nuestro Dios es el “Dios que llega” y nos llama a salirle al encuentro, (…) ante todo con esa forma universal de esperanza y de la espera que es la oración”.

El Santo Padre recordó que la expresión más alta de la plegaria son los salmos, y citando el salmo 141, “Señor, a ti clamo, ven en mi ayuda”, dijo: “Es el grito de una persona que se siente en grave peligro, pero es también el grito de la Iglesia entre las múltiples asechanzas que la circundan, que amenazan su santidad, la integridad irreprensible de la que habla el apóstol Pablo, que debe en cambio conservarse para la llegada del Señor”.

“En esta invocación resuena también el grito de todos los justos, de los que quieren resistir al mal, a la seducción de un bienestar inicuo, de placeres ofensivos de la dignidad humana y de la condición de los pobres. Al principio del Adviento la liturgia de la Iglesia hace suyo de nuevo este grito y lo eleva a Dios como “incienso” que es “efectivamente el símbolo de la oración, de los corazones levantados al Señor”.

 

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